miércoles, 3 de mayo de 2017

Marcelo Díaz




DÍPTICO PARA SER LEÍDO CON MÁSCARA DE LUCHADOR MEXICANO

I – La Era del Karaoke

Los cactus han brotado en el verano, uniformes e instantáneos. Se los ve
desde el bar Oro Preto (sic), en el declive de una tarde bochornosa.
Se oye hablar de palmeras, de playas donde el agua es de un celeste cristalino,
de cardúmenes que se abren como estallidos multicolores,
se oye el hielo derretirse en vasos de cuello largo,
y motores que regulan en el semáforo de la avenida,
y los primeros acordes del tema musical de Titanic.
Están en un extremo de la peatonal Drago, frente al bar Oro Preto,
están entre los cactus, bajo el cartel azul y verde que dice MOVISTAR,
delante de un mundo iluminado por celulares y sonrisas ploteadas en el vidrio.
¡DUPLICATE! ¡RECARGAME! ¡SOMOS MÁS! Pero ellos no son parte
de la campaña de MOVISTAR, tampoco lo son los cactus,
aunque una mujer le dice a otra: mirá qué lindos
los cactus que puso MOVISTAR. Pero los cactus, verdes, instantáneos,
uniformes y estampados sobre una gruesa lona vinílica, no forman parte
de la campaña publicitaria de MOVISTAR, están ahí
para simbolizar el desierto
aún presente en la ciudad, están ahí
para recordarnos que el desierto
sigue ahí, bajo el cemento. Aunque es cierto
que son lindos y que los artistas
se inclinaron por la misma tonalidad de verde que los creativos
de la transnacional. Ahora,
desde una mesa en la vereda del bar Oro Preto,
asistimos al hundimiento del Titanic, que este grupo
(dos sikus, dos parlantes, una quena,
un amplificador TONOMAC, una flauta de pan)
interpreta con entusiasmo andino entre cactus de lona vinílica,
ante un cardumen multicolor de celulares
que se recargan y se duplican en la pecera telefónica.
El Titanic, en la versión electro-kolla, más que hundirse, se disuelve
en trinos de quena y siku, y he aquí a los músicos,
sobrevivientes tenaces del naufragio de un continente, en los estertores
de la era del karaoke, con sus ropajes que juzgamos típicos, aunque no sepamos
típicos de qué, de pie y agradeciendo la llovizna
de aplausos que no bien
toca el desierto, se evapora.




II – Señas de identidad

Para el taxista que mira en diagonal el conjunto
desde su parada en Avenida Colón
son bolivianos, pero están
disfrazados de otra cosa; para el cafetero que atraviesa la peatonal
con su carrito de metal lleno de termos
son paraguayos que se hacen los bolivianos, y además
hacen playback; para el cajero del bar Oro Preto
son todos de Fuerte Apache, si bien concede
que la versión de Chiquitita
es lo mejor de un repertorio
marcadamente multicultural, y a él, en particular, le gusta;
para el guardia de seguridad privada de MOVISTAR
son un objeto a desalojar, tarde o temprano, cuando le den la orden;
para las administrativas de la Universidad Nacional del Sur
que se hacen un minuto y toman un café, las plumas del vestuario son
de papagayos amazónicos, y sus colores: ¡heer-mo-sos!;
para el productor agropecuario que en su camioneta exhibe
dos calcos: CAMBIEMOS y ESTAMOS CON EL CAMPO, como quien dice
“estoy conmigo y cambio para seguir siendo más yo mismo junto a mí”,
en un ejercicio de autosolidaridad identitaria
difícil de superar, son bolivianos que se cansaron
de juntar cebolla en Mayor Buratovich y ahora se dedican
al arte musical; para el Presidente de la Nación Nicolás Avellaneda
el problema es el desierto; para el joven abogado Estanislao Zeballos
se trata de quitarles el caballo y la lanza
y obligarlos a cultivar la tierra con el Rémington al pecho, diariamente;
para el Ministro de Guerra Julio Argentino Roca 1 Rémington se carga
15 indios a la carrera, el resto es hacer cuentas,
y embolsar; para el periodista que se arrima
con espíritu etnográfico y pregunta:
¿de dónde son? la respuesta es: vamos
a Monte Hermoso, después a San Antonio,
hacemos la costa, y tenemos
una oferta imperdible: The best of siku, volumen cinco, que contiene
La casa del sol naciente, Imagine, Hotel California, Cuando los ángeles lloran,
y la versión de Chiquitita que acabamos de escuchar,
a sólo treinta pesos,

por ser usted.




Marcelo Díaz. Nació en 1965 en Bahía Blanca. Estudió Letras en la Universidad Nacional del Sur. Integró el grupo de Poetas Mateístas que realizaba murales en las calles de Bahía y editaba la revista mural CUERNOPANZA. Fue editor y redactor de la revista objeto VOX y de VOXvirtual. Publicó "Berreta" (Libros de Tierra Firme,1998) ,"Diesel 6002" (Vox, 2001) y Laspada (El Calamar, 2004). Trabaja en “FerroWhite - museo taller” donde coordina el proyecto de teatro documental Archivo White, con la dirección de Vivi Tellas.


miércoles, 26 de abril de 2017

Brian Alvarez







Ajusticiado de palabra en su local de ropa, el propietario
a un lado del salón y de la corrección
política sin que le importen
consecuencias de destrato,
que no conoció por otra parte brinda por
no haber llegado tarde a la acumulación originaria.
Las chicas que reclaman otros talles
hacen fila para mirarlo mal.
Lleve ese azul. No espere.
No va a venir la blusa en beige.
El propietario
dice y en el mostrador frota la
caja como a cajón de velado:
con la gratitud y con la suficiencia
de quien prevalece.

**



Palabras como brazos de agua
como animales de agua
salvajes animales de agua, brazos 
de agua animales, bocas
abiertas como brazos abiertos 
listas para el abrazo contra el hambre
como animales de agua hambrientos,
las bocas, brazos
como tiburones
palabras
hambrientas como tiburones o brazos
dentados
o salvajes

pero qué sangre podría ofrecerle a algo así.

**



La hija del vecino es más viva que yo.
Antes del mediodía, ayer, me preguntó
qué era una mala decisión política y temblé.

Pasó la tarde. 

Por la puerta irrumpió
el ruido de la radio que adquirí
para mostrar los domingos
y levantando la voz le inventé: un cartel
de zona de vientos
contra un fondo de casas
prefabricadas
golpeadas por las primeras gotas de la lluvia.

**



Hay autos sobre la avenida, entre los árboles
y yo, que espero el ascensor de la estación del subte.

Hay autos.
No hay autos.
Hay. No tengo tiempo
para apreciaciones de genio,
pero sé que lo que miro es importante.

¿Será posible superar
la grandeza y el aburrimiento de las cosas que viven
sin más orgullo que el de prolongar la vida
como quien conserva una herramienta ancestral
cuyo uso desconoce?

No tengo tiempo para estas preguntas:
me basta la esencia
visible
de la superficie
que las invoca:
árboles,
autos,
árboles;
la acción de bajar;
los efectos de irse.





**



De duelo con mi papá hicimos
una sopa aguada
con arroz, apenas.
Nos quedamos cortos.
Para la próxima una taza más, me dijo.
Traté de salvar el sabor con queso.
Para la próxima el de rallar
me dijo
algo
dije también.
Como siempre
con nosotros
la televisión encendida.
No puedo ver la champions sin cantar
el himno en la memoria
pensé.
Afuera había llovido y los perros
despertaban de la siesta.

**



Los clientes espían
por el vidrio del congelador
los paquetes de animales descuartizados.
Sonríen como en las publicidades
tal vez movidos por el júbilo
de haber permanecido en pie.

Es el sentido de comunidad

Obtienen un poder de ahí
pero en el fondo sé que envidian
como otras veces yo
la lentitud de esa putrefacción que avanza.




Brian Alvarez nació en 1991. Creció en Gregorio de Laferrère, en el partido de La Matanza (provincia de Buenos Aires). Ahora vive en Once. Trabaja como repositor en una cadena de supermercados. Puede hacerse pasar por músico, pero es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA. Eso también le sale mal.

miércoles, 19 de abril de 2017

Griselda García



de Ahora (Ediciones Del Dock, 2016)

El dique


En las últimas vacaciones Papá
construyó un dique en el río.
Le llevó toda la mañana.
Cuando terminó, el sol
había bronceado su espalda.
El agua nos llegaba a los tobillos
nos metíamos en zapatillas
para que los pies no dolieran.

En ese mismo río esparcimos
sus cenizas pocos años después.

Mamá llevó flores y una botella de vino.
No había nadie ese día
solo un hombre acostado en la arena
que al ver la botella gritó de satisfacción.

A Papá le hubiera gustado, pensé
y entrando al agua rompí el dique.





Creer para ver


I

El primer día el cielo se oscureció
empezó a llover un agua tibia.
No enciendas la luz, dijiste
para qué si ya vimos todo.

Había amigos en la casa, los tomé de un trago.
Madres creadoras:
nunca imaginé tal ostentación de carne.

No fue difícil trepar a tu espalda
Lo difícil fue estar a la altura, no retroceder.

Siempre creer, decías, pero perdiste la fe.


II

Cuerpo mío
aprendiste del mar a caer y levantarte
fuiste llenado y vaciado por y para ellos
para hacerlos más hombres cada vez
con la insistencia del mar te ofreciste
te fustigaron en tus avatares
en cada fase de la luna y sus ciclos
cuerpo mío, te hicieron hablar
tus secretos parieron locos nuevos
no es sin riesgos la escucha.

Ante un cuerpo de hombre sólo siento gratitud.





El negro del mar


Una madrugada fui a la playa
me saqué la ropa y me metí al agua
empecé a nadar y nadar.
Me debo haber adormecido
no sé cuánto tiempo pasó.
Cuando reaccioné estaba muy lejos de la orilla
me había envuelto una corriente
sentía oleadas de agua más fría, más caliente.

Nunca le conté a nadie esto, no me creerían.

Comencé a percibir manchas negras
más negras que el negro del mar
se movían lento, venían hacia mí.
Era un grupo de ballenas jorobadas
en viaje migratorio hacia el sur.
Sentí terror y supe que iba a morir.
Imaginé que una abría la boca y me succionaba
en una muerte lenta como en los cuentos infantiles.

A su paso el mar se inflaba y me elevaba
al bajar, se hacía un hueco en mi estómago.
Paralizado, sin poder decidir, empecé a llorar.
La ballena es mi mamífero preferido.
De chico soñaba que me agarraba de su cola
y paseábamos y conocíamos mundos nuevos.
Pero entre bufidos y cantos extraños
pasaron a mi lado como si yo no estuviera ahí.
Se fueron alejando y el agua quedó en calma.
Cuando pienso que estuve entre ellas
siento que nunca viví algo más terrorífico.

Así son los sueños, llegan en forma inesperada.

Nunca le conté a nadie esto, no lo creerían
pero vos sí, ¿no?





La cura


En amor solo pienso si no estoy trabajando, dice.
Bajo el mosquitero de una cama en Tánger
sigo con la vista la ruta de las arañas.
Damos un paseo por los médanos.
El camello suaviza sus pasos.
Oímos tambores a lo lejos.

A veces las mujeres tienen que ser nuestras madres
dice, y nosotros sus padres.

Trato de olvidar a los tripulantes muertos
los crímenes del mar se juzgan en el mar.

Su madre eligió a la esposa. La esposa no sabe leer.
Es mejor así. Sin problemas, sin discusiones.

No me gusta estar en la casa, dice.
No me gusta hablar. Solo comer y dormir.
Quiero fumar con mis amigos y tirarme al sol.
No pensar que los días pasan muy rápido
y que la muerte se acerca. Quiero fumar y no pensar.

Bebemos té de menta y me convida kif.
Afuera las cabras bailan entre olivares.
El viento cambia la arena de lugar.

Mientras el agua borbotea en el narguile
pienso en mis compañeros en el mar.
Nunca oí el rumor del mar.
Quiero dormir y que el sueño me cure, dice.

Pero yo sé que no hay cura posible.
Bajo el mosquitero iluminado por la luna
me adormece el sueño, me dejo llevar.





Chúcaro


Al potro chúcaro lo acollaran al viejo
siempre hay un caballo templado
al que nada ni nadie asusta
se les pone un palo sobre la cruz
y se les anuda el cogote con tientos
al principio patea muerde llora vomita
pero después tiene que seguirle el paso al otro:
beberá cuando el otro tenga sed
comerá cuando agache la cabeza.
Pero de a poco se va aquietando
el manso aploma al rebelde.

La mitad de la carne que se vende
bajo el paralelo 42 es de caballo
dulce y negra va a parar al pobrerío.

El indio domaba de pico
con susurro y traguito de caña
caricia en cuello paleta verija
a los acollarados les cuesta
ponerse hocico con hocico
llevarse los vasos hacia el lomo.
Así fueron todas mis relaciones:
dos ariscos, dos chúcaros
no hubo quien aplome ni quien se dejara amansar.

La lección es clara y al final
esta carne dulce y negra irá a parar al pobrerío.



Griselda García (Buenos Aires, 1979) es escritora y editora. Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009), Hallucinations in the Alfalfa and other poems (traductor: Hugh Hazelton, Wolsak y Wynn, Canadá, 2010) La madre del universo, (relatos, 2012), Mi pequeño acto privado (Barnacle, 2015) y Ahora (Ediciones Del Dock, 2016). Se desempeñó como editora en La carta de Oliver y Ediciones Del Dock. Se dedica al dictado de talleres de escritura creativa y al seguimiento de obras literarias en progreso. 


miércoles, 5 de abril de 2017

Christian Kent

Foto: Isabella Kent





Cuando desperté el dinosaurio seguía allí

A través de la literatura nos hemos dedicado a contrabandear algún que otro objeto de los sueños, de la muerte o del futuro: el dinosaurio de Monterroso, la flor azul de Wells, la rosa de Coleridge, la mariposa de Chuang Tzu y otros ejemplos que por amor a la brevedad dejaremos de citar. El caso de María Casares es el opuesto: desde pequeña se acostaba a dormir con martillos, focos, patas de rana, sombrillas, abanicos y otras herramientas que al entrar en los sueños o pesadillas le eran de suma utilidad. Los seres que a lo largo de su vida había conocido mientras dormía consideraban que estos objetos eran maravillosos: o, en todo caso, pruebas de que la vigilia es, en efecto, tan real como aquello que uno sueña (aunque no lo parezca). No sabemos si el dinosaurio de Monterroso o la rosa de Coleridge, al traspasar el umbral del sueño, cobraron una forma más prosaica, semejante a las cosas “reales”, o si, al contrario, conservaron su aspecto imposible. Pero sí que los objetos que María Casares traficaba al espacio del sueño no contraían ninguna cualidad extraordinaria; no se convertía el foco en un condensador de estrellas, ni el martillo en un pez, ni los paraguas convocaban lluvias en su interior. Y era esto, justamente, lo extraordinario, lo que asombraba a los centauros, a las hadas, a los diablos y a las compañeras de colegio que pasaban volando sobre las casas del barrio: que el foco fuese solamente un foco, que cayera tan deliberadamente al suelo y pudiese romperse con un sonido seco y definitivo.





Cómo hacer una flor

Tía Gabriela volvió de París el 5 de febrero de 1928. Traía dos maletas que suponíamos repletas de regalos. Las colocó sobre la cama y las abrió descubriendo sólo libros, ropas y objetos de tocador. Golpeé al primo Octavio con el codo para que pregunte: ¿mi regalo tía? Mamá, roja de vergüenza, pronunció el nombre Octavio con otro acento. No se preocupe Rosarito, dijo la tía a mamá y metió las manos al fondo de las ropas, casi olvido, el regalo de los pequeños. Vengan cabritos, miren lo que trajo tía de su viaje. Nos acercamos, el corazón ansioso, y sus manos vacías se abrieron como una flor. 






En qué se parece un ruiseñor a un elefante

El circo nunca pasó por el pueblo de Rosenfeld, por lo que, hay que decirlo, la mayoría de nosotros no ha visto jamás un elefante. Mamá, cuando era niña, fue a la capital con abuelo, y entonces vio a una vieja elefante en el zoológico. Uno siempre se hace una imagen de las cosas antes de verlas; es por eso que la realidad siempre nos parece un engaño. Cuando mamá vio detrás de las rejas a la elefanta vieja y castaña, caminando en círculos en un triste estanque de cemento, pensó que tal vez fuese otro animal, con rasgos idénticos, pero no un elefante. Hay algo en ella que siempre lamenta haberla visto; es como si nos mirase con cierto recelo, porque nosotros, papá, yo, mis hermanos, conservamos intacta la figura ideal del elefante: con algunas variaciones probablemente, pero de cualquier manera sin las desilusiones que implica enfrentarse a un ejemplar concreto. Pero tampoco podría decirse que los demás intuimos la imagen del elefante a partir de nada; si sabíamos que tenía una trompa, un par de orejas enormes, un pequeño rabo incongruente y un par de colmillos blancos y largos es porque alguna experiencia anterior nos había aproximado a tal representación. 

Creo haber soñado, en la niebla de mis primeros años de vida, con un afiche de circo que el primo Jefferson trajo a casa doblado en el bolsillo de su jardinera; al desplegarlo, se dejaba ver la imagen del mastodonte equilibrándose en una absurda pelota de colores. En el mismo bolsillo de Jefferson llegó a casa todo lo maravilloso; entre otras cosas, una edición en español de España de los poemas de Keats, donde, también por primera vez, escuché la palabra ruiseñor. El primo Jefferson recitaba la oda con un aire solemne, encumbrando el libro en una mano e impostando una voz luctuosa.

¿Fue una visión, o soñaba despierto?

La música se fue volando: ¿Estoy despierto o dormido?

Yo no creía que el ruiseñor fuese un pájaro. Temía preguntárselo al primo Jefferson y que quedara descubierta mi ignorancia; en silencio, había aceptado que el ruiseñor no fuese sino esa palabra vibrante, convulsa, que aparecía ante mí para acabar de una vez y para siempre con el niño y el provinciano que fui hasta entonces. Si bien tuve la tentación de preguntarle también a mi padre -sobre todo en las tardes, cuando nos sentábamos frente a la casa a ver cómo los pájaros volaban en círculos y eran tragados por la oscuridad de los árboles- qué es un ruiseñor, nunca lo hice; guardé aquella palabra en mi memoria como un estigma, como un síntoma de superioridad. Debo decir que, como ésta, había otras palabras que había escuchado en boca de los grandes y que no podía relacionar con ninguna realidad conocida, pero las había aceptado, por lo que eran; al punto que aprendí a ver en ellas una sustancia, tan concreta, tan pesada como un elefante.





Christian Kent (Asunción, 1983) El origen de toda imaginación proviene de las historias de su abuelo, excombatiente de la guerra del Chaco, en una ciudad que casi nada tiene de real: Concepción (Paraguay). Otro poco, de la literatura disponible en su casa; donde, con excepción de su madre, no había lectores serios: “Cien años de soledad”, libros de espiritualidad y autoayuda (Osho, Trevisán, etc.), y un par de ediciones indecentes de “libros infantiles” como “El libro de la selva”, “La isla del tesoro” y “Alicia en el país de las maravillas”. En el colegio (un colegio de misioneros anglicanos), leía las crónicas de Narnia. Publicó algunos libros de poesía y ahora se inclina hacia el relato fantástico y el cuento breve. Si los vientos le favorecen, este año publica su primer material como cantautor: “Perros en el cielo”.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Romina Cazón




El mouse no engaña



I - a)
Abre el facebook.
De allí sacarás las fotos que tiene tu amigo de tu ex pareja:
María Hernández etiquetó a Carlos Ruíz
Clic  
Álbum    a    b    i    e    r    t    o.
Botón derecho del mouse.
No recuerdes cuando hacían el amor
tampoco cuando iban al mercado por nieve de pistache.
[Guardar imagen como]
increíble.jpg




b) 
Imagen siguiente:
No suspires. 
Es verdad que está mejor que tu actual pareja
pero sólo te quedará hacer
Botón derecho del mouse.
Caso contrario nada será tuyo
[Guardar imagen como]
hermosa.jpg



c)
Siguiente:
Después de diez minutos te arrepentirás
de estar en tu casa con la escalera nueva
y tu mujer. 
Si se te complica hacer botón derecho del mouse
toma el vaso de agua que está en la mesa.
Será necesario que guardes  porque puede que Carlos Ruiz
elimine la etiqueta.
[Guardar imagen como]
miamor.jpg





II


V      i      s      t      a          p     r    e    v    i   a.
V      i      s      t      a          p     r    e    v    i   a.
V      i      s      t      a          p     r    e    v    i   a.
V      i      s      t      a          p     r    e    v    i   a.
V      i      s      t      a          p     r    e    v    i   a.
V      i      s      t      a          p     r    e    v    i   a.

Toda ella habita en tu córnea.
El mouse no engaña.




III

Mastúrbate.
Siempre es bueno andar sin ataduras.
Mastúrbate.
Siempre es bueno soltar el llanto por otro lado.
Mastúrbate.
Siempre es bueno olvidar con otra parte del cuerpo
Mastúrbate.
Siempre es bueno 
Mastúrbate.
Siempre.




IV

La imagen se recrea a partir de la imagen.
Puede que no sea la misma desde su partida
pero está en tus ojos 
y es otra realidad.

















V  

Imposible parar
si se puede ir hacia adelante
con la retina y el sexo
dislocados 
como queriéndose salir de la silla
como queriendo no volver.





VI

Ella desde la recámara
balbucea tu nombre y se toca el seno izquierdo.
Se muerde la lengua
pero es convincente:
quiere salir del monitor.
Si quiere tu boca
dásela. 
En este paraíso nadie podrá expulsarte.





VII

tierra net / mosaico net /cemento net / arena net / agua net/cuerpo net / materia net código net / apellido net/ nombre net/óvulo net / hijo net /nieto net






VIII


La historia se cierra con un proceso
Guardar imagen como…

La historia se abre con un proceso
Escribiendo un nombre

La historia se hace con un acto
Aceptando

La historia siempre se repite
Abrir imagen

La historia siempre está
Vista previa
La historia puede cambiar

Reiniciar el sistema





Romina Cazón, nació en Argentina unos meses antes de que iniciara la guerra por las Islas Malvinas. Quiso ser política, por eso es poeta. Ha publicado  varios libros de poesía, experimentos visuales y sonoros. Es autora de varios libros de poesía impresos y digitales, algunos de ellos disponibles en la red. En el cuerpo ajeno, (Ediciones Morgana, Monterrey, México 2015), Todavía la sangre (Fondo editorial del Estado de Querétaro, México, Guardar imagen como de Tierra Adentro,  son sus libros más recientes Dirige la revista de poesía, El humo, Zona no verbal e Ideas de una mujer ebria:
Experimenta con sintetizadores, instrumentos digitales y realiza mezcla sonora desde  2008. Tiene un proyecto individual sonoro en curso y el proyecto de Poetas en mp3, que incluye 104 poetas de habla hispana en POETAS EN MP3.



miércoles, 15 de marzo de 2017

German Arens





l

En Facebook 
una chica que no conozco 
dice que en el mar hace frío. 
También que el mes de enero debería durar seis meses.

Carina, me cuenta que murió el hijo del rector,
que estaba por ir a velarlo y una tormenta 
fue la excusa perfecta para no salir.

Arturo, notifica la detención de una dirigente social. 
Agrega que no debe ser ninguna santa, 
pero que los ciudadanos, ante la situación actual, 
deberíamos  saber dividir los tantos 
y no permitir que un árbol nos tape el bosque.

Un amigo no puede  dormir…
Su novia no lo tiene en la cabeza.

Un poeta me ofrece su libro:
“Cada tribu tiene sus propios rituales para enfrentar el misterio…
 La nuestra, la de los poetas solitarios, no es una excepción.


 Cuando los poemas se guardan en un libro se vuelven definitivos,
nuestro  rito  es compartirlos.
No hacerlo puede provocar la furia de las musas y 
condenarnos al eterno silencio”. 





ll

Esperen a que nos lavemos las manos
y volvamos a encarnar…
Eso sí, por favor, hagan silencio
que las corvinas escuchan. 
Sino que se meta uno de ustedes en el agua.
Ahí se van a dar cuenta 
de la importancia que tienen las palabras, 
y por pocos, muy pocos segundos, 
podrán detectar los corazones 
de los peces enterrados en la arena.




lll

Habíamos dicho que si veíamos un peludo lo agarraríamos.
Era una noche extraña, extraña en todo el sentido de la palabra. 
Primero una bola naranja se deshizo en el cielo.
Minutos después, nuestras cañas se arquearon hasta lo imposible 
y cada uno de nosotros tuvo su gran bagre de mirada casi humana.
Como buscábamos pejerrey,  los devolvimos a la laguna
y cambiamos las líneas por líneas de flote.
Estábamos cada uno en lo suyo cuando mi hermano advirtió
que a nuestras espaldas decenas de vacas nos observaban.
Fue entonces que el aire cambió de frío a caliente y como una ofrenda 
de la noche apareció un peludo que nunca matamos.





lV

La casa es la última del pueblo.
Es roja como la sangre, sí, como la sangre.
Sólo Mario pudo haberle dado ese color.
Digo esto porque antes de esa casa hay muchas casas
y ninguna es roja como la sangre.
Desde las paredes a las puertas, es roja por todos lados.
Hasta los pisos son rojos en la última casa del pueblo.
Su patio linda con un monte de chañares
en el que un algarrobo es la excepción.
Desde que Mario no está en ella no vive nadie.
Por qué será nos preguntamos...
Si era Mario un hombre bueno, y todos, incluso aquellos 
que insisten en que tenía cierta tendencia a la ostentación,
creemos que no debiera ser motivo suficiente
para impedir su venta o alquiler.






V

Qué vamos a hacer con nosotros
me pregunté mientras mi dedo índice buscaba la letra Q.
Qué vamos a hacer los que van envejeciendo conmigo…
El que todas las noches mira hacia arriba
y si no hay cielo busca referencias en el techo.
Qué vamos a hacer con ese que se parece a un galpón 
donde se guardan desde un fardo a un arado de mancera,
desde un tambor de doscientos a un bidón de diez,
desde una bomba inyectora a un ropero que encierra un recado
por la sencilla razón de que a las ratas les gusta el cuero.
Qué vamos a hacer con el padre, con el lector, con el amigo...
Con el que te dijo que la calandria overa canta si hay luna llena.
Qué vamos a hacer con ellos y con tantos otros
que me acompañan como me acompañan los perros, las bardas
y hasta el eco de las palabras de los que vivieron mi tiempo.




German Arens. (Bahía Blanca, 1967). En una nave comandada por Enrique unos pocos hombres abandonamos la Tierra (Vox — Ediciones Cinosargo, 2012 y 2013), Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B (Vox – 2013), Sin más compañía que una linterna (Borde Perdido Editora, 2014), Cagliero (El Ojo de mármol, 2015), Desiderio (Club Hem, 2015). ¡Oh, qué lugar más bello! (Barnacle, 2017), Mientras las vacas abrevaban cerquita (Hemisferio Derecho, próxima aparición).

martes, 7 de marzo de 2017

Gabriel Cortiñas






*
No se puede hacer harina con los cascos 
asaron al enemigo pero se lo comieron crudo
el diente de oro les estalló en la panza
molieron dientes con paciencia, los picaron
hicieron tortilla: de maíz, de arroz, 
tortilla de papa, tortilla de muela. 
El brillo del diente empuja a romper 
en la panza no digiere la luz
es un filo que abre el tímpano en cuatro.
Si la vanguardia no te cubre: el zumbido
la explosión. Todos esperan en las butacas
el comienzo del combate. 
Se cierra sobre la lona como un capullo 
(un capullo no estalla)
está prohibido llevar reloj.






*
Olguín demora
en la espera del chispazo que patea la heladera
los dioses dejaron de hablar
por un mate lavado en el fuego
pero esquiva la gente lo llaman
paga se levanta el sellado la cola 
la foto los dedos 
de cobre la impresión, respira
toda la mañana con un solo pulmón
su lengua es una huevera de colores primarios.






*
Encerraron al gallo pero siguió cantando

Un gallo no canta por gusto, hay algo
en el fondo de la lengua
que se prende como un rayo y queda titilando.





*
Dibuja ideogramas ilegibles con la espada, pedalea
una patada voladora interminable para el fin
antes te daban pastillas de carbón
las que guardan adentro de la muela después
dijeron que no servía 
lo de morder la píldora de apuro. El truco 
es mojar la lona azul 
con agua de río, quemar los riñones 
y colar el plomo que queda en las cenizas.





*
Todos los dioses están hablando
y tienen un gorrión en la espalda que les habla
él pregunta por el río, que si ducha o armonía





(Estos poemas pertenecen a Hospital de campaña (Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, Madrid, 2011) que tendrá su primera edición argentina por la editorial ClubHem en 2017).




Gabriel Cortiñas. Buenos Aires, Argentina | 1983. Publicó Brazadas (2007), Hospital de campaña (Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro, Madrid, 2011) y Pujato (Premio Casa de las Américas, La Habana, 2013). Es graduado en Letras de la UBA y trabaja como docente en escuelas medias.