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miércoles, 11 de octubre de 2017

Rafael Espinosa




-Cap. 2-

Si caminamos junto al muro apoyando el dedo índice por tiempo suficiente
más que una vuelta a una sociedad pre-Estado, experimentaremos
una placentera sensación de continuidad
que nos convence de habernos convertido en una bandada de gansos del Ártico
migrando a través de la cabeza de un santo.
Altitud, no teléfonos públicos, nos separa de los otros seres
y en nosotros mismos se distancian dos motivos,
perpetuidad y urgencia de cobrar.
Más tarde, en la verdulería, hablamos de que la felicidad no tiene precio.
Llega mi hermana, con noticias.
Dice que debemos sufrir más para que nuestra vida entre a la lista de los clásicos.
“Cuando pasamos —respondo— de la sala de almacenamiento del útero a la línea [de montaje de la vagina,
antes de que nos recibieran los ortopédicos guantes del obstetra, nuestra madre
desconocía del todo que nos depositaría de veras en un cluster portuario y, mira, [cada
sentimiento sublime ha existido a cambio de mantener tasas exponenciales de [rendimiento.
¿Para qué quieres otro tinte para dañar de otra forma el pelo?”.

Se despide y si abnegación, esparcimiento y dulzura fueran vestidos en una [percha, la suya
sería la mejor tienda de diseño de autor.
Empieza a lloviznar exclusivamente sobre mis hombros
y solo la certidumbre de ser el único miembro de una conspiración
resulta más intensa que la tristeza de que la mitad de mis recuerdos con otros [sean un tema inédito.
Océano amado, donde los vi veranear a ellos, eres una necrópolis de miradas.
¿Con tantas flores, los cementerios serán entonces viveros en la percepción de los [muertos?
Sus mismas horas extras bajo tierra las dedicaré esta semana en la of. a cuadrar [gráficos.
Me desfiguraré la cara cubriéndola con una media de nylon para comunicar mi [idea de integración social.
Envidio al robot al que le enseñaron en varios idiomas a decir “amor”.

(De
Hoyo 13: novela barrial, 2013)



El basurero

Arrecife es la palabra que ahora menos me interesa.
Alude a meandros, es cierto, a laberintos
pero insinúa remotamente también el hallazgo posible de un círculo ideal.
No es lo que ocurre en la vida de los primates superiores,
entre los cuales nací, como todos,
con un lóbulo en el cuello.
La palabra que me complacería oír es “alopécico”.
De allí puedo extraer un deseo devenido en calvicie total
y a la vez acompañarlos por el parque mientras sus pensamientos del día
modulados por los senderos curvos terminan
por constituir un basural de objetos hermosos.

Pasan autos silenciosos. Pero llegado a este punto, preferiría
verdadero silencio y un basural me lo da.
Así es fácil ser un buen hermano y aceptar yacer entre la especie.
Basta con escoger al más ruin de todos, aunque no peor que nosotros,
con tal que lo mantenga. Los mirlos lo hacen,
paradójicamente a través de un canto acorde
cuya esencia es ser percibido como la largueza de una evaporación.
Parece de tal modo que sonidos bien escogidos restauran la página en blanco.
Al elaborar con sus gorjeos un cuadro vacío, los mirlos hacen arte [contemporáneo.

Quién no quisiera ser el atropellado que descansa para siempre dentro de él,
aunque nadie quiere morir. Allí repetir el pensamiento:
“el páramo satisfizo su íntima entonación”.

Lo propio del árbol es irse callando y lo de las historias ruidosas
acumular un basural, con destellos de minerales.
Frente a él me encuentro, con la sensación de que ayer es un anticuario.
Escarbo y descubro un yo vergonzante, un aforismo y hasta una nube muy blanca.
Está en mí alargarla sabiendo que todas las peticiones que corren todavía a lo [largo del subsuelo
no harían con ella una sábana tan grande. Hay algo cruel en extenderla, e [inmaculado.
La fineza decidirá qué destino concederle. Puede elegir enfundar a los suicidas,
puede elegir no distinguirla de la niebla.

(De El portapliegos, 2016)




Un caballo árabe

Ahora que no es fundamental la respiración
tengo tiempo de discernir cosas. Distichlis spicata
es el nombre de la planta que abunda junto al litoral.
Pero no me gusta el litoral, es un hermafrodita de mitos.
Amo los surcos de las paredes aunque no exudan
indulgencia. Cuando la tristeza forma una trenza de novia,
es de suponer que concederán algún día
perdón. Pero a quién, a los solitarios
o a los cazadores de momentos,
incapaces de soportar nuestro perfume.
Ahora estoy confuso para saberlo. Afuera
la vida escogió a un ciego y la ardilla crea al árbol.

Las aves causan bullicio como de costumbre,
irritantes porque en mi interior existe una pista musical.
Creí en su sendero y de hecho se encuentra ahí
colmado de artes visuales, con escombros de agendas,
una angustia repetida simulando la felicidad.
No me gustan las aves, no me gusta que su renombre
me persuada a creer tan fácilmente de nuevo.
Son lo que son y aun así guerrean. Como si sol con desventura.
Pero obro como ellas: hago poemas de la descomposición.




Los nenúfares de Monet

Una idea es opcional. Crecen
en nuestro interior estupores de un viaje relámpago
solo rara vez capaces de producir forma.
Lo que sí generan es a la vez melancolía y lujuria,
porque les gustan los chistes, las sombras,
además de ira y odio.
Ni las plantas carnívoras, con sus miles de receptores
para capturar moscas, atrapan entonces en el aire mejor un humano.
Y cuando sufrimos, sin saber qué virtud aplastamos, nuestro cuerpo
pesa más que un contenedor de celos llorosos.

Una idea es opcional. Por ejemplo
la idea de ser peruano
o de que los peruanos somos lo que comemos y excretamos
luego de haber practicado en las mesas la integración social (¡?)
con cerveza producida en casa.
Cuando murió Fedra, mi perra de origen suizo,
me recluí y no hablé con un peruano en seis meses.
Cuando los lagos de altura sean aeropuertos
y el ganado no pueda llamarle pan a la tierra
y los telares dejen de ser hilados mientras pace
sin sentido del tiempo, y gustándolo,
Cielo, muestra generosidad, perdónanos.
Nazcan de tu crucifixión restituciones.
Contesta con bondad, no destruyas a los peruanos abyectos.
No crearon ellos las praderas.




Transpuesto (Homenaje a Robert Hass)

Coge este acertijo:
¿Por qué los árboles no proyectan una arrogancia vertical
cuando a las claras no son seres horizontales?

Coge este otro:
A mi piso llega a veces de la nada un olor de pescado revuelto.

Ahora entremos en el aire.

Yo miraba los árboles como se mira a las personas,
con reproche, creyéndose en secreto mejor, con ternura
y ganas de tocarlos; yo miraba su presente,
 
lleno de estrategias de flores y comunidades que quieren vivir,
como un hombre con mala fortuna —y quién no lleva ese nombre—
mira su pasado, donde la pérdida formó bellas plantaciones,
y había olvidado cómo pescar;
 

esperar sin esperar grandes honores, según lo hace él,
parado allí donde las piedras han sido devoradas por el musgo,
los pulmones bendiciendo las ráfagas, el recuerdo soportando el sol,
y con suerte regresar a casa con dos o tres cabrillas, o quizá una manera
de disponer palabras en una página que brillan como escamas
o respiración, pues los pescados son para regalar a un amigo
y nadie desea más que aprender a respirar.

Yo había confundido los árboles con una purificación.
Quería pedirles lo que no podía entregarles, paz
para una repetición. Pero se posaría en mi brazo una mosca
con su día clínico, para recordar que una escena puede desvanecerse
pero no la pesadez que dejó caer, tonal como pensamientos sobre paja.
Yo buscaba en los árboles la seña de una concesión.
Yo, siendo hermosos, los tomaba por una forma enrevesada de la felicidad.

Hasta que volteé hacia cualquier sitio de memoria,
todo desolación y derrumbe, y lo vi trabajar honestamente,
sin máscara antigás, jubiloso por recoger lo que ahí existe,
dolor cubierto de arena y arena que honra el dolor,
el soplo sucio de haber vivido
y pagarlo con pescados de palabras.

Yo miraba a los árboles en muda, hasta que al pasar a otro nombre
de la antología encontré a Robert H.
Entonces no se me escapó el secreto:
primero está el deseo, antes los árboles, y arriba las estrellas muertas.

(De El vaquero sin agua en la cantimplora, 2017)







Rafael Espinosa (Lima, Perú, 1962) publicó doce colecciones de poesía: Fin (1997), Geometría (1998), Pica-pica (2001), Book de Laetitia Casta y otros poemas (2003), Verbos regulares (2005), El Anticiclón del Pacífico Sur (2007), Aves de la ciudad y alrededores (2008), Amados transformadores de corriente (2010), Los hombres rana (2012), Hoyo 13: Novela barrial (2013), El portapliegos (2016) y El vaquero sin agua en la cantimplora (2017).  




miércoles, 19 de octubre de 2016

Valeria Román Marroquín





cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. 

post adolescencia, comencé a perder pelo por la histeria
dejé a un lado las cosas de niño cuando 

leí a Freud por primera vez y no lo entendí 
tuve el número necesario de dudas

post histeria
adopté la migraña y el anticonceptivo

hice las preguntas correspondientes:
no recibí respuesta alguna. post coito 

leí a Kierkegaard por primera vez y no lo entendí muy bien:

qué desgracia ser mujer / une femme / a woman
a wo-man
y eso que la peor desgracia cuando se es mujer / une femme / a woman
a wound-man
es, en el fondo, no comprender que lo es
post coito olvidé la fe

asumí mi condición de objeto dentro del continuo materia-espacio-tiempo: 

desde electrones / átomos / moléculas de hemoglobina / cola de cometa / protones / campo eléctrico / hígado / hipotálamo / membrana / celular / transistor  / anillo de saturno / gota de lluvia / zanahoria / río amazonas / páncreas / pluma / desierto / nube / cactus / flor / una mujer es 
como 
una 
flor 
a rose is a rose is a rose is a woman (a wound-man) una mujer es como una flor 
como una flor
como una flor
como una flor
asumí 
mi condición

frente al espejo, une femme

y no lo entendí muy bien, casi en lo absoluto













sin masturbación, muy lejos del capitalismo / muy lejos de la dialéctica y la jurisdicción, el hombre racional se increpa: ¿qué clase de animal somos?

all animals are equal (god loves his children, yeah!) but some animals are more equal than others

del Sus scrofa domestica al Homo Sapiens y viceversa ¿cuántos kilómetros hay entre nosotros?

del Homo Sapiens al Sus scrofa doméstica y viceversa ¿cuánta es la distancia que hemos recorrido?

con paciencia espero. cada cuatro horas
especto el cambio de guardia, cada cinco minutos                          una respuesta
escucho un cerdo morir. el resto del tiempo 

las cifras son reactualizadas: 
diez mil muertos
tres mil heridos
dieciséis grados centígrados
martes

¿por qué?

aquí: los límites del dolor. 

¿qué hacer?

el resto del tiempo calculo mis posibilidades.

frente al contacto con mis pares, mi plato de asado frente a la paternidad la economía post guerra frente al hombre post guerra y su sexo, el post hombre y sus cárceles y sus leyes y sus latas de conserva circa 2000 algo

entiendo que esto es parte de la extraordinaria belleza del Sapiens sapiens: si perteneciera a otra especie, no sería posible

sobre las trincheras
y los marranos en recesión 

no sería posible












post adolescencia, comencé a perder la cabeza por los tiempos modernos

post coito, adopté la redención
acepté las posibilidades de rehabilitación. en los quirófanos
aprendí a suprimir el silencio. en los hospitales
dormí toda mi juventud. en los hospitales
recé toda mi juventud. al ir creciendo

encontré satisfacción. en el estudio de la anatomía humana

encontré satisfacción. sí, lo reconozco recuperé la fe
y me conmueve. la sanidad física
no es una prioridad: la acción del otro
me conmueve. el contacto visual
como un acto de violencia. la fragilidad
como un arma. el estrabismo y la histeria

como parte de un plan divino.
ahora entiendo,

detrás de la deformidad hay un diseño complejo. detrás del dolor hay un diseñador inteligente.

lo acepto y me conmueve. con convicción
partí al sur.





Valeria Román Marroquín (Perú, 1999). Entusiasta del queso helado y de Wittgenstein. Estudia Filosofía en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es miembro del colectivo sanmarquino Poesía Sub25. Ha sido publicada en distintos medios virtuales y espera sacar su primer poemario este año.