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lunes, 22 de octubre de 2018

Martín López







1

Tiro la correa del Chubi
si se acerca a otro perro
porque no sé si es perro o perra
y en realidad
podría el Chubi querer fornicar
con él o ella
y me vería en una situación
muy vergonzosa con su dueño o dueña
quien podría perfectamente no estar de acuerdo
con que forniquen nuestros perros




4

Veo a una pareja peleando
parece que salieron a trotar

parece que habían salido a trotar
veo a una pareja peleando
en el parque que está muy bonito

veo pelear a una pareja
pareciera que están casados
y sus ropas lucen deportivas

presumo que están casados
se nota que salieron a trotar
eso es seguro
están con las caras rojas
y también están peleando

no sé por qué están peleando
los veo mirarse el uno al otro
con gestos de irritados
ella antes le estaba gritando
pero ya no

ahora escucho
que le grita alguna cosa
pero no entiendo muy bien lo que dice

creo que ya dejé de escucharlos por completo
porque en realidad seguí caminando mientras eso pasaba
no me detuve




5

Chubi     no hagas eso
no te comas las heces
que hay entremedio
de esas amapolas blancas

¿no sabes acaso
que tú mismo las dejaste ahí
arrojadas hace al menos
unos 4 minutos?

Ya hay moscas incluso
circundando esas flores




8

No quisiera que el Chubi
pisara algún vidrio roto
de botellas
de un borracho
que dejó aquí rotas
porque estaba demasiado
imbécil
y rompía botellas
contra las piedras
enojado porque estaba
durmiendo en el rio

Ojalá el Chubi no pise uno de esos vidrios
que hay ahí entre las piedras
cuando paseamos junto al rio




9

¿Cuenta como andar tirando basura
cuando me quedo solamente
con la colilla del cigarro
y la meto dentro de una lata
de cerveza que ya estaba vacía
y ahí tirada entre la basura
que ya estaba en el suelo
y que no tenía nada que ver conmigo?
Cuando meto el cigarro ahí
adentro de la lata
pensando que no tengo nada que ver entonces
con esa basura porque ya estaba ahí
y no estoy tirando más basura
de la que ya había
en el suelo




12

Al chubi le llega la luz del sol
justo por el costado
Del otro su sombra deja ver
perfectamente la definición de sus pelos
por todo su cuerpo

el Chubi se acerca a los regadores
que están encendidos tirando agua

infinitas gotitas le mojan su pelaje
él tiene sed
tenemos que volver a casa


Siguen cayendo
pétalos de amapola
todavía a esta hora
sobre las heces
  




Martín López (Santiago, Chile, 1997). Estudiante de Artes Visuales en la Universidad de Chile. Becario del taller de poesía 2018 de la Fundación Pablo Neruda. Participación del taller de poesía de Raúl Zurita. Participación en la residencia del festival internacional de poesía de rosario (FIPR).


lunes, 30 de julio de 2018

Emanuel Frey Chinelli








Meridiano


Hacer del paso un hacerse. Afluentes que toman fotografías en el ahora de alguienes idos al quién sabe qué del destino. O sino, según traducciones empáticas desviantes de la energía melancólica para una infancia estanterizada como quinielas de empresas hundidas. Como agónicos goles clasificatorios noticiados en el mundo entero. Como plazos de deuda externa. Como dibujos del reino vegetal y minerales expropiables. Como himnos nacionales, hacer el canto un cantarse. Ser la flauta que vibra. Hueco el cuerpo, la música. Las gracias. Las clases, los actos en los fogones con amigos que se renuevan en los años venideros. Como los soplamocos no dados en la amenaza de hacer mejores frutos. Frutas de vientre humano. Por las ganas de llorar cuando la cancha les toma lista. Mirando y gritando posiciones. Y olores de cuerpos que perduran en las cuatro paredes de hogares que no son tales. Sin conexión a internet. Sin beneficios de pertenencia. Con sutiles melodías en la frecuencia audible. En el primer rayo naranja de sol reflejado en la pared. Justo encima de ningún trofeo de natación. En el mismo pueblo natal. Suficiente. Listo para dormir pero no en el espíritu del café de la primera luna llena vista. Y no querer volver a ninguna patria. Inentendibles moscas de sandía. Inexplicables jugos de tetrabrick para universitarios abandónicos recalcitrantes. Con un poco de suerte, con la casa vacía como envases de la no fiesta que acaba de apagarse. La avenida más grande de Latinoamérica tan cerca como las casitas de colores de una infancia insoñable. Estirándole los brazos a un abrazo nonato. En el réquiem de un momento. Y palmas, ritmo que late en deseos de partos sin llantos, de vocaciones inscritas en la frente, sol en el sol, padres superables y fortunas heredables como casas de campo que giran con el sol. Como el hambre de vida que llegó al irse la escuela. Como deseos olvidados para estrellas que descienden a campos de fútbol en una oportunidad que es agua entre dedos que tocan fondo. Que tocan epitafios en los que se entiende cada letra. Y ropa que da pena. Y leyendas que alzan el vuelo en el vientre de las alas marchitas. Y todos los días siguientes, laborables.





Mientras ancianos ven alejarse la esperanza como buenos días pasados


Qué linda queda la ropa, ahí va, viaja en la calle en aromas: la libertad alienante es la única posible en este catálogo de chistes llanos. No entra una mirada asesina por el ojo de esta cerradura, mas sí un disparo puntual. Por eso dejo la llave puesta en la ranura especiada. En la llanura de los votos equivocantes la queja se hace pira y deme todo esto de medicamentos, señor, pero no le alcanza, señora, es que tengo que alimentarme, señor, por favor vayasé. Y las vallas, las piedras y las balas tan pero tan cerca del perfume y el protocolo. Pasan vestidos de sábado los días, y nada parece alternar la restricción que, como el agua del río, ahoga a quien no hace pie y es perseguido. No hay testigos pero esto ya pasó y culpables somos todos, pero preso vas a ir vos. Hoy no, dice xadre a hije y mañana tampoco, pienso yo, y el lenguaje es libre y vos no. Hace años que no voy a la playa con clientes de Papá Noel a cuestas en el origen del año que sin ellos no pasaría jamás, y sonrío al pensar en el tiempo que le gano al centavo de dólar lamiéndome la pena como un felino su lomo. Amenazan con despidos en el área pero quieren que todos encontremos nuestro lugar para ser felices (vida es goce y nada más), suben los impuestos para cuidarnos (se hace en todos los países del mundo), bajan los sueldos y suben los precios (pero esto no se reflejará en el poder adquisitivo), crece el desempleo (¿a quién le importan estos deshechos de cuerpo?), qué lindo, qué bueno. La vida está bien si no te rendís.






Como película copiada de videoclub


Puesto en marcha una vez más el lenguado, hado de sinos que sino son se arrugan en la ruina de lo sible, se dice lo que no se sabe, se sabe sólo que se ignora, se cree que es distinto lo que es, se actúa en consecuencia, se apilan las secuencias en el expediente secretamente público, se pule la mente como nácar, como película copiada de videoclub, se alquilan los conceptos, se paga una multa por el de más, se señala con el dedo de señalar. Se apuntalan los apuntes copiables, la foto circula, se cierra la persiana y se abre al otro día, se publica la historia, se imprimen verdades en pegatinas, se apartan de cargos personas, se desvinculan hermanos de sangre y también de los otros. Una vez que cunde el pánico, que el terremoto asiste al ya, una vez que se reparten los papeles, todo dicho ya está… o eso parece. Y nada es realmente lo que parece, ni siquiera lo que pare: nada es su reflejo, pero sí el antónimo de este. 





Una incomunicación preocupante por parte del que manda


En la paranoia armamentística del núcleo estallante para la justificación de las ventas del bien más deseado: la máquina de hacerle agujeros al impedimento de ser dueño de aquello que no es de nadie. La tropa avanza y caen los que dan los primeros pasos: será una bala, un sablazo, cuestión de tiempo el primer golpe de nucas sobre el campo de batalla. Crece la comida a un costado de la carencia, semilla cada diente caído en la usina de las vanalidades. Hay un sorbete para la sangre del mecanismo que se vacía, se licua y vuelve a llenarse cada mañana, kilómetros después de la esperanza, pronósticos extendidos en las pantallas. Y hay quien sorbe la que mueve cuerpos de un sutil y abstracto modo casi imperceptible para el oído del perro y para el ojo humano. Baja la venta y sube la venta y el poder ya no es adquisitivo sino un pulgar que aplasta habitantes como mosquitas de baño húmedo. Y hay quienes usan la voz para justificar a los asesinos y sonríen en la calle a la que salen sólo cuando la prensa los invita.





La miseria que lloran quienes jamás pasaron hambre


Un invierno patrio nacido en el diciembre sudamericano austral para que todas las voces se den cita en el canal estatal y en los demás voceros (privantes) del ya y para que cada pobre sea un poco menos humano. Y para que cada negocio jugoso chorree sangre joven, débil, nueva en la llanura de los chistes de mal gusto que prende fuego una vida cada menos horas que las que entran en un día mientras lloran miseria quienes jamás pasaron hambre y los conceptos álgidos que decoran diccionarios se sientan en la mesa del azar a burlarse de nuestros cadáveres. ¿Hay un Pepe Grillo marca Disney en cada corazón occidental dictando las bondades a realizar para ser derecho y humano? Hay hambre en el granero del mundo, vidas marchitándose en el jardín florido, muertos y muertas de frío en la docta, amantes acribillados a odio en el mar de plata, mientras en el resto del todo se arrastra el mismo sino rancio. Todo lo que nace rinde cuentas al ya que es Dios increado en cada rezo lleno de fe y en cada iglesia edificada sobre la roca llamada “ahora” y en cada bautismo fotografiado como si los acontecimientos pútridos de cada yo fueran cimiento de algo que dure eternamente. Y la creencia que se expande en el yeite siome de no saberse, de no entender el estar siendo mientras todo se marcha hacia negros agujeros estudiados por un alguien que, de haber nacido en estas playas, nadie atendería.





Campos de mandrágora donde corríamos


Virtuados biteables en la condena opinóloga del quién sabe qué que es el ya, apantallados los vientos y las voces que van y van (¿van?) y parecen surgir de una fuente que no es más que ausencia, un reclamo por la nada misma que se expande como una plaga que sólo acepta nutrirse de otras plagas y al reproducirse fruta pavadas. Y la página musical que suena y se comparte ojo a ojo y es burla programada para reírse de la mano que tiembla en el frío fatuo, en la quilla de este barco que avanza hacia su hundirse, en la tráquea operable de todo lo sible de oírse, en el hipotálamo que se emparrala vientre dentro de los hombres que piden pico y pala para otros y guardan en sus bolsillos vacíos de paciencia y llenos de miseria, sus manos. Purga por sexo en Chechenia, filas por comida en Argentina, muertes en la calle en Venezuela y en cualquiera de las otras patrias, siempre el deceso lo ponen los mismos, mientras cada vida su ombligo se mira y teme y ama y odia y al otro día lo de hoy se lo olvida. Ninguna boca brotó lo breve que capta, lo nimio que ilumina, el diente que la boca alimenta y enciende la zarza que no cede, la que no se aplaca. Todo lo incierto por venir ayer renovó contrato y no hubo ovaciones ni vítores para ninguno de los presentes. Hoy los campos se vacían de fruto, se inundan de desgracia, emigran los nativos, y reparten regalos en la ciudad de la injuria aquellos que de tan acostumbrados ya ni saben qué cosa es la costumbre. Curtiembres para abrigar la sinestesia que nariz mediante regurgita en estómagos comparables a bolsas rotas ese jugo rancio que sale sin pedir permiso. Todo el peso de una vida sobre otra vida sobre muchas vidas que sorben la última gota de un alimento caduco desde el día de su envasado. Y los segundos miércoles de cada mes, a mitad de precio con la tarjeta indicada.

Estos textos pretencen a Guitarra y videojuegos, aún inédito


Emanuel Frey Chinelli (Quilmes, 16/6/1988). Publicó Juan (2009), La ecuación de los mediocres (2009), La sangre (2014), Los meses (2015) y Cuadernos de la rabia (2016). Dirige junto al poeta y traductor Pablo Arraigada el sello editorial A pasitos del fin de este mundo.


miércoles, 21 de febrero de 2018

Paula Novoa







(tres actos y un soliloquio)


I

Un pájaro 
se posa
sobre una rama.

II

Un chico
amenaza a otro
con una botella rota.

III

Grito,
el pájaro vuela,
el chico corre,
el otro me abraza.

IV

A ninguno pude salvar.



No pisé el mar,
ni me metí en un lago,
ni la arena quemó las plantas de mis pies.

Este verano no visité el barrio chino,
ni recorrí kilómetros para verte.
No junté caracoles en un pañuelo,
ni me pelé la nariz con el sol.

Este verano, las piletas se vaciaron
como se vacía a un perro
para embalsamarlo
y dejarlo de adorno.
Ahí,
donde la tristeza
hace un hueco en mi ventana.



Mientras me hundo en la pavura
me mirás
con esos ojos de vaca
a metros del alambre.
Me hablás
de tus muertos
y de los ídolos que mataste
en la quema que hicimos
porque el basurero,
otra vez,

nos olvidó en su recorrido.



***



Hace falta parar a una mujer
y hablarle y pedirle vivir juntos

Cesare Pavese

Te hubiese invitado a vivir conmigo
desde la primera vez que te vi.
Cuando limpio mi casa imagino
que es porque vas a llegar
y tomaremos mate,
charlaremos de otros,
leeremos poemas
y tendremos sexo en el sillón.
Pero eso no pasará
porque te quiero para siempre.



La dragona herida
en el patio
bajo un ciruelo
piensa:
Hay que regar las plantas.
La tierra está seca.

Los perros no ladran,
no llega al charquito
para refrescar sus pies.
Se queda ahí, sedienta.

La dragona herida
en el patio
bajo un ciruelo
pregunta
¿Cómo es que
la soga
sostiene su ropa
todavía?






Paula Novoa nació el 8 de marzo de 1976 en San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires. Es profesora en Lengua, Literatura y Latín (I.S.F.D. N°45, Haedo) y Licenciada en Lengua y Literatura con orientación en análisis del discurso (UNLaM).

Publicó: El año que fui homeless, Cave Librum Editorial (2014) e Hija de mala madre, Cave Librum Editorial (2016).
Actualmente trabaja como profesora de Lengua y Literatura en escuelas secundarias del municipio de Moreno y en la Universidad Nacional del Oeste (Merlo). Los poemas aquí publicados forman parte de El paso de la babosa, un libro inédito.















miércoles, 14 de febrero de 2018

Jeymer Gamboa



(Foto: Viviana Porras)



EL DESPLAZAMIENTO CIRCUNSTANCIAL

Es difícil saber por qué estamos aquí.

El viaje al campo y sus consecuencias.

Ayer en el tren pensé en la palabra tempestad                  
mientras el sol naranja iluminaba las ventanas
y las sombras consecutivas de los árboles
hipnotizaban una parte áspera de nuestra mente.

El hombre gris en el mostrador del hotel
recorrió la lista de precios con una lupa.
Sábanas color crema, el llavero con el 17,
la televisión antigua y la ducha estrecha.

Al día siguiente, una balada en la radio
de la mujer que limpiaba las habitaciones.
El periódico, café solo y medialunas.

En la plaza del pueblo, los perros municipales
descansaban en las terrazas de los restaurantes
junto a los manteles blancos, las sombrillas
y los zapatos deportivos de los turistas.

Por la tarde, recorrimos calles angostas al azar.
El consuelo del peregrino que se entrega a la vista
de techos refulgentes, jardines selváticos
y muros despintados. Una cuesta hacia el santuario.

También entramos en las aulas vacías de una escuela:
los pupitres de madera y una fórmula en el pizarrón
me hicieron recordar los vínculos confusos
que intentamos sostener con fe redentora
en sitios donde la civilización se desintegra,
como ese barco oxidado en el canal del astillero
o las estaciones vacías donde ya no para el tren.

Después fuimos a la barranca del río:
las siluetas de los adolescentes
con sus bicicletas, litros de cerveza y cigarros.
El agua quieta y la luz plateada en el cielo.
Los colores pastel y el viento de otoño.
El aburrimiento y la predestinación.

Hoy por la mañana,
la extrañeza se extendió
con la neblina del puerto.

Por ejemplo,
la fachada del Instituto Argentino de Siderurgia,
la puerta robusta y metálica que se abre
y nosotros que salimos hacia la mañana fría
del barrio Somisa en San Nicolás
dispuestos a recorrer un campo de golf,
sembrado de torres de alta tensión
que se reflejaban en un arroyo sintético,
para llegar hasta las inmediaciones
de una fábrica con chimeneas humeantes
y mezclarnos por un rato, solo por un rato,
entre la masa de obreros, con sus chaquetas azules,
que subían y bajaban de los buses Litoral.
  


  
LA SONDA ESPACIAL VOYAGER 1 LLEGA A LOS CONFINES DEL SISTEMA SOLAR

Comienzos de julio. Tarde soleada de invierno.
La sonda Voyager 1 llegó al lindero
del sistema solar. Es lo más lejos que ha viajado
un artefacto hecho en la Tierra.
En las fotos parece un bicho metálico
que desciende hacia el fondo del mar.
La nave fue enviada al espacio hace 36 años
y se encuentra a 18.000 millones de km del sol,
y sigue alejándose. Es lo que leí hace un rato.

Ahora camino por la calle Llerena en Villa Urquiza
y salgo de mi ensimismamiento galáctico.
Todo está en calma.
Es un barrio de edificios bajos.
Circula el olor de las panaderías
y el rumor radiofónico de los talleres.
Los perros se asoman en las azoteas,
entre plantas y ropa tendida.
Los niños todavía están en la escuela,
adormecidos con la voz de los maestros.

Me dirijo hacia el jardín botánico
de la Facultad de Agronomía.
Abro la reja y entro. Ahí está el sol,
filtrado entre las cañas de bambú,
reflejándose en el agua estancada.
Una enredadera de flores amarillas
cubre el techo del invernadero.
Aquí hay un orden: carteles con el nombre
de plantas autóctonas y hortalizas alineadas.

Y aquí es donde los estudiantes
de Botánica Agrícola hacen sus prácticas:
observan fases de crecimiento y maduración,
examinan tallos y recogen muestras del suelo.

Ahora solo quedan dos jardineros
que caminan entre los senderos
con rastrillos, palas y regaderas.
Permanezco sentado en una banca
hasta que la luz se debilita, los árboles
se oscurecen y el aire se enfría.
Los hombres lavan sus herramientas en silencio.
Los insectos nocturnos tratan de hacerse oír.
Voyager 1 está cada vez más lejos,
llevándose los sonidos de la Tierra
grabados en un disco de oro.
Por más fotografías y apuntes que tome,
hay una experiencia en todo esto
que no sé precisar, que no puedo retener.
Un pájaro se acicala en la pila,
una gata está agazapada detrás de los matorrales.




VIAJES DE NEGOCIOS POR LA PROVINCIA

Semanas después, nos encontramos
en la terraza de una casa rodeada
por edificios de apartamentos.

La luz roja de una antena deformaba
una constelación cuyo nombre desconozco.

Una muchacha salió a fumar al balcón
y nos observaba desde las alturas
mientras sus pensamientos se volvían ceniza.

También son palabras los platos sobre la mesa
con carozos, escarbadientes, huesos y servilletas.

La forma irregular de las copas de los árboles.
y la forma cilíndrica de los tanques de agua.

Ese momento de la noche, un poco irreal y vaporosa,
en que uno tiene los ojos acuosos, las brasas están
apagándose y hay que rendir el último vaso de tinto.

Dos amigos hablan de aquella época
en que de niños acompañaban a sus padres
durante viajes de negocios por la provincia.

Uno viajaba para negociar con los proveedores
de su comercio de repuestos mecánicos.
El otro para vender maquinaria agrícola.

Mis amigos recuerdan los tiempos muertos de espera,
mientras sus padres cerraban un trato con un cliente.


Mariano dice que siempre se quedaba dentro
de la camioneta y le gustaba observar desde ahí
el paisaje o lo que estuviera pasando enfrente.

Franco dice que siempre llevaba su rifle de aire comprimido
y su padre les pedía permiso a los clientes
para que lo dejaran cazar cotorras en sus campos.

Debe haber una enseñanza en todo esto. Algo
sobre visiones de mundo, algún misterio cifrado
de la infancia o la soledad filial en los viajes de carretera.

Pero no hace falta decir nada y además no quiero
interrumpir su entusiasmo cuando hablan
de las características del rifle Mahely Senior,
también conocido como Reno, el clásico
que todo muchacho del interior tuvo alguna vez.




(Poemas publicados en El desplazamiento circunstancial, Editorial Arlekín, San José, Costa Rica, 2016)

Jeymer Gamboa nació en Santa Cruz de León Cortés (zona de Los Santos), al sur de San José, capital de Costa Rica. Actualmente reside en el barrio de Villa Crespo en Buenos Aires, Argentina. Ha publicado los libros de poesía Días Ordinarios (2011, ed. Pre-textos), Nuestra película de las vacaciones (2014, ed. Liliputienses), El desplazamiento circunstancial (2015, ed. Arlekín), Un proyecto de futuro (2016, ed. Neutrinos) y la plaqueta La insistencia de la luz (2015, ed. Neutrinos). Ha sido incluido en las antologías Una temporada en el Centro. Panorama actual de la poesía en Costa Rica (2013, ed. Amargord), 1.000 millones. Poesía en lengua española del siglo XXI  (2014, ed. Municipal de Rosario) y 9 poetas que le temen a los payasos (ed. Mamacita, 2015).



martes, 9 de enero de 2018

Florencia Madeo Facente




Entré en un almacén de la costa


Con polvo sobre viejos productos
de cosmética (perfumes que, por ejemplo, Avon
ya no vende en el catálogo)
y alguna que otra estampita religiosa,
un santo con cara de pescado,
y lo que siempre falta.

Dos nenes frente a una computadora casi vieja
a los disparos dentro de un juego
en primera persona multijugador.

Se venden sombrillas y pequeños muebles de playa
por si se te ocurriera broncearte
y permanecer quieto junto a ellos
toda la temporada.
La mujer que me atiende me pregunta cómo está el tiempo.
Se ve que no sale desde la edad del polvo.
Yo pienso que de tanto viento tomaron consistencia
un par de cosas que podrían llegar a justificar
aquella pregunta común sobre la atmósfera,
que lo más manso de la ola se estiró como una lengua
y se comió a las gaviotas,
y que no somos quiénes para entender su muerte.
Alrededor de los arrecifes se empuja algo, no sé bien,
que vuelve sólidos los tiempos,
el mío y el del salmón congelado en la ventana,
tiempo materializado como el de una silla rota
que soporta la lluvia en la calle
mientras nadie se la lleva.
Los adolescentes no despegan sus ojos de la pantalla.
Me preocupa imaginarlos con una cruel ceguera.
De pronto, sobre el rifle que dispara caen pedazos blancos.
-¡Está nevando!
-Wow, qué lindo…



Saber

El poeta ha sido herido por el lenguaje,
dijo.

¿Sabremos que cuando nos dan una casa
un espacio para el amor
el mar durmiendo junto a su desenvoltura
nos dan nuestra propia muerte?

Quizás la muerte no es sino un lugar
—Cada pájaro aguarda un charco para él—.

¿Sabremos?
No, lo olvidamos, como olvidamos el abrigo
antes de salir.
Las palabras llegan, entonces, cuando hace frío.



Así empieza la historia

El aspecto de la barriga de los bebés
las delicadas lomas y planicies,
la piel fina, sin casi vegetación,
nos hace suponer que en el pasado estas áreas
estuvieron resguardadas y bajo la sombra,
en un clima subtropical. 
Respecto a nacer, yo no recuerdo los guantes 
de color blanco higienizado
que me sacaron de ahí,
ni el grado de naturalidad de la luz
ni si era realmente esa luz
la que inspiró a los primeros hacedores de lámparas.

Apenas nuestro cuerpo se distingue de otros porque
no se despega del suelo.

Al poco tiempo hablamos, sin saberlo todo:
cuál es el origen de las cosas cercanas
y lejanas, cualquier buscador de internet responde
por qué existen la crueldad, las montañas
y los lunares sin relieve, 
la razón por la que algunos crustáceos sobreviven
la recolección, y se mueven al abrir la cáscara,
pero no es todavía cierto
este
deslumbramiento,
la fecha o el lugar en que aparecimos.

Lo imagino, siempre actual:
como aquellas minúsculas lentejuelas
en agua y glicerina, que forman estrellitas piedras
asumo que nos balanceamos
un instante, hasta que, en un chispazo,
la más cercana isla nos encuentra,
nos deslizamos por muros
que resbalan y a la vez retienen la piel
como un tobogán, 
mientras el agua observa y planifica.
De nuevo, la vida y toda la rueda de la germinación,
agua, más agua todavía para agrandar tu pozo
y arrojar tu tesoro, el de tu madre, el de tus abuelas,
el de tus tatarabuelos que llegaron en barco,
cuanto más brilla el pozo, más probable
que los nenes caigan y se ahoguen en él.

Dijo la vecina que mi nacimiento revitalizó
cada una de las plantas domésticas
muertas en el verano.
Los teléfonos no pararon de sonar:
era desde otro lado, ¿dónde? 
Un contrato del exterior, otro lugar,
no sé, lejos, dijeron,
para la fábula inaugural;
al poco tiempo de conocerme,
mamá me puso una cintita roja en la muñeca
y papá tocó madera día a día para que no fuera cierto
que podría, tan fácil, desobedecer a este mundo
y dejar de respirar. 



La sobrevida de las luciérnagas

Las nenas con sus muñecas
se hacen enteramente una
dentro del vientre de la otra
y algunas deciden no nacer
se quedan del lado del dolor

—como un buque encallado
en la rada,
un objeto del recuerdo entre la
descomposición—,

y entonces las muñecas
ramifican su silencio dentro suyo,
un hongo que brota y deforma.

Como una fábrica recuperada, el lenguaje
es el agujero en el árbol del jardín
que plantaron para conmemorar
un falso nacimiento.



Moscas en un corte de luz

¿Cuáles
de todas estas cosas
pensás que hicieron
para ser detectadas?

Se corta la luz, y mi mamá y yo somos las primeras
en prender las velas,
sus llamas al comienzo tan pequeñas
que les cuesta decidir:
parpadean entre ser gráciles bailarinas
o auténticas luchadoras de sumo.

Otra vez será el fuego
el que aclare y delimite
la zona precisa que hospeda
el peligro entre las cosas,
la carne de la caparazón del mundo.

Sinceramente no me gusta tropezar y caer
como un cadáver entre los muebles.

A veces —muy raras veces—
la luz no regresa según lo estimado y
las velas se acaban:
entonces las moscas empiezan a volverse
quietas
sobre las lámparas,
anidan como abuelas su muerte fría,
prendidas en un brillo oscuro
como si el único destino fuera
ser fieles como sus tumbas.

El cielo de color indefinido
les dibuja unos pequeños borrones grises sobre las alas.

Mi mamá se alegra
porque al fin y al cabo, las odia.
¿Pero qué pasa, mamá,
si en un descuido
alguien deja apagarse a la luz que era para nosotras
y no nos salva?



25 años

Estoy en una edad
en la que ya no sería apropiado que se me muriera una planta,
tampoco salir sin paraguas o descuidarme el esmalte.

(Desconocido amor de mis diarios íntimos,
dejaste al fin de parecerte a un vendaje.
Tu elástico desprotegió con un ruido mi tamaño.)

Hay igual distancia entre los veinte y los treinta,
sé que puedo ser un puente en destrucción
o todo lo contrario.

Mi rostro final es rescatado de un cofre oscuro,
pierde el resplandor yendo cada vez más
cerca de la superficie,
en lugar de huesos los demás reciben mis poemas
y mis padres agitan sus pañuelos sobre mí
como si partiera.






Florencia Madeo Facente nació en 1992. Todos sus gatos tienen un título que denota su linaje y/o su pasado oscuro. Le gustan mucho el cine y el vino. Está terminando el profesorado en filosofía y actualmente trabaja como profesora de español para extranjeros.