martes, 10 de enero de 2017

Laura Fuksman


































Hacer pie
…las aguas como lonjas de una piel infinita…
Héctor Viel Temperley


Cada vez que salís, aire
se te va cayendo
una palabra
ahí queda
sin estilo
como un perro chapa chapa
hasta encontrar un borde.


***



  
a Jimena

con la menor de mis hermanas
que me trajo el río
la mañana del sábado
yerbamiel en la aldea
entre acelgas a punto
y albahacas, gestos, miradas
las palabras no son necesarias,
confites para la tarde.

  
  
***




No sólo el pan se vuelve cotidiano.
Como si no alcanzara
el melódico estertor
de estornudar la decadencia
volvió la niebla,
mi osamenta sibilante,
mi pasado anfibio
sin manto ni albergue
no debo levantarme aún.


***



No sólo el pan se vuelve cotidiano.
Con la misma fuerza
que se tensan las cintas de un corsé
ígnea en mí
una estructura insiste.


***
  


No sólo el pan se vuelve cotidiano.
Con el mismo asombro
que los verdes búhos de traje victoriano
descifran mis trazos
en la pequeña libreta
traída de África
con el mismo asombro
escucho el albedrío de mi voz
y las palabras con las que soy dicha.




Laura Fuksman nació en Buenos Aires, en 1970.
Es médica. Instructora de Movimiento Vital Expresivo, Coordinadora de Grupos y talleres con Recursos Expresivos del Sistema Río Abierto. Co-coordina Letra Viva Taller de Poesía y Movimiento.
Amante desde siempre de la música y la literatura. Es cantante.
En julio de 2016 publicó Hostal Klezmer (Ed. Zindo & Gafuri), su primer poemario.

viernes, 6 de enero de 2017

Walter Lezcano




Humo (fragmento)



Te decía:
yo por ese entonces
buscaba algo de luz en lugares oscuros,
algo más que sexo gratis
con olor a cerveza y a humo arrodillado.
Me iba de casa a la tardecita,
el sol bajando para que yo suba a una vida mejor,
y salía a cazar cosas con nombres raros.
Amor es una palabra estúpida,
pero si te toca
te arrastra y te arranca la piel del pecho.
(Esta es una metáfora estúpida)
Quería encontrar algo como eso.
Algo que no se pueda nombrar.


Caminé unas cuadras por el barrio
hasta la parada del bondi.
Las calles se confundían con la noche.
San Francisco Solano se desplegaba
en todo su esplendor.
La tierra que nadie sabe dónde queda.
Siempre escucho la misma pregunta:
¿de dónde dijiste?
Y si bien esto es Quilmes
no tenemos nada que ver con Quilmes.
No nos hacemos notar,
pero nos mojamos la oreja, sacamos pecho
y nos mantenemos despiertos hasta cualquier hora
para protestar contra esa fuerza extraña
que nos corta la sonrisa a la altura de la garganta.
Nos faltan un montón de cosas
que ya no importa nombrar.
Nos importa un carajo.
De todas formas jode.
Pero estábamos con el paisaje
y éste no se consigue en el Louvre.
Somos únicos.
Eso es muy importante.
Con el asfalto como utopía,
con un arroyo atravesando el cuerpo de la ciudad,
esa vena coagula agua sucia y restos de comida.
Vas a ver esos barcos de plásticos a la deriva
llamados Figureti, Waldo, Trompis.
 Y cada lluvia
convierte la mugre en lodo
 y eso en pequeños ríos donde los pibes se bañan
los días de calor.
El tema es:
¿Quién se morfa los tesoros?


Te contaba:
cada casa,
 ¿se puede llamar “casa” a esas cajas de madera,
a esos alambrados tambaleantes?
¿Y esos pozos mutilados que están al frente
y algunos llaman jardín?
Cada una tenía prendida un foquito de 60 watts,
la tele  sobre el plato,
y algo perdido o esquivo.
La felicidad es un buen chamuyo
del que alguna vez oímos un silbido,
esa lejanía que te empuja una mueca
muy parecida a una sonrisa.
Pero no es ni ahí.
Levanté la vista:
el cielo estaba a punto caramelo.


Mientras esperaba,
mientras el tiempo se deslizaba suave
saqué un pucho que le robé a mi novia.
La recordaba colocándose el tabaco entre los labios,
chupando,
consumirse la garganta a través de un papel
la hacía sentirse suicida.
Pero nos morimos a cada momento.
Lo miré un segundo y lo guardé.
Yo no fumo.
Nada más me gustaba tenerla cerca de esta manera.
Esa pequeña cosa inflamable sin sentido
era un pequeño santo al que ella le rendía tributos
 y devociones,
y largos besos también. 
Llevaba su marca,
la llevaba a ella
o eso quise creer.


Llegó el colectivo.
Me subí.
Saqué boleto de uno diez
cuando tendría que haber sacado de dos pesos.
Los asientos estaban sucios:
no me llamó la atención para nada,
 por estos lugares
a nadie le importa dónde apoya el culo.
Me doy cuenta
al ver esas nenas desbordadas por su cuerpo,
panzonas,
preñadas.
El manoseo es un camino peligroso,
lo sé porque yo nací de una noche indeseable.
Los veía mientras doblaba el colectivo.
Eran tantos,
aún son demasiados,
todavía niños contra el paredón:
fusilándose.
Ella con el clítoris al palo,
él que no puede controlar sus manos
parece no creer lo que está viviendo
porque necesita comprobarlo con el tacto,
los hombres somos así.
Un toque,
apenas un roce.
Lo demás es un exceso innecesario.


¡Qué locura creer que la noche enseña algo!
La escuela de la calle es una mentira,
siempre lo supimos,
pero las mentiras
te bancan la parada cuando todo se apaga.


El bondi me deja cerca del lugar:
voy al recital de un amigo.
Mi amigo toca la guitarra,
la enchufa a dos veinte y lo que se escucha
es pura electricidad,
hace ruidos con ella:
sonidos que se chocan, expanden,
se contraen, ensucian.
Dice que eso se llama rock.
Cree que está contribuyendo  a una causa.
Esa música, ¡por dios!
viene arruinando vidas
desde que nació.
No hace falta dar apellidos
no soy buchón.
Los jóvenes siguen confiando,
tocando
pagando
soñando
viviendo
en nombre del rocanrol.
Me pregunto
si hay esperanzas para ellos
si hay esperanzas para nosotros
si hay esperanzas para alguien.


Camino  dos cuadras oscuras
y llego al lugar.
En las esquinas los pibes se reúnen
alrededor de la angustia,
que parece alegría desquiciada,
euforia envasada y efervescente.
Estoy viejo.
¿Qué importa?
Mis sueños son imposibles,
eso me da soltura y tranquilidad.
Puedo pensar, entre otras cosas, que mañana
el día será una parada más de esta gira interminable.
Pero estábamos con los pibes,
¿Quién más puede ser tan arriesgado,
tan temerario a esa hora imprudente?
Vi a un grupito:
chicos, chicas y todas las posibilidades,
estaban tomando algo extraño en una botella de plástico.
La búsqueda inagotable de certezas, ¿no?
Se frotaban las manos,
yo me subí el cuello de la campera
y sentí un ligero escalofrío.
Estaban desabrigados
pero hermosos.
Ser joven es ser hermoso.
Son esos años donde la ansiedad
te come los codos.
El futuro es todo lo que está por venir
y no un espejo maltrecho del pasado.
Los miré,
ellos  quieren cargarse de recuerdos
de momentos inolvidables.
Y tal vez lo hagan,
pero pasarán.

La mugrosa puerta de entrada del local
estaba rodeada de afiches que nombraban el pasado:
Pobres dementes, Motor Loco, Destrucción masiva,
Los leches, A-D 90, y así.
Cuánta gente haciendo cosas,
peleando contra el viento
justificando su existencia ante la nada.
Esta es la prueba de que el tiempo existe
o de que ninguno va a sobrevivir
a la acumulación de días y horas
y momentos desechables.
Me cobraron la entrada,
sonreí ante tamaña injusticia
porque el arte
ahora tiene marcas indeseables.
No importaba,
todavía alcanzaba,
iba a tirar de la soga a fondo,
buscarle el límite y pasarlo.


Entré:
la oscuridad es un color tan luminoso
y tan atractivo
que podría vivir en él todo un sueño.
¿No comprendés que la repetición
es la forma más sutil del olvido?
Esas baldosas
en las que apoyé orgulloso mis pies
me daban seguridad.
Con tantos rieles encima,
historia nocturna y eterna, 
estaban, estábamos, escribiendo el futuro.
Y ojalá el futuro
no venga nunca
que nos divirtamos toda una vida,
una vida que dure una noche eterna y fugaz
así no me aburro,
así nos damos cuenta
que nada se repite
 y todo es hijo del tiempo,
de esos momento en donde
la vida se aleja de la realidad.
¿Vos me entendés? ¿No es así?
Si,
nos estamos entendiendo.



Walter Lezcano (Goya, Corrientes, 1979).  Docente de Literatura. Editor en Mancha de Aceite. Periodista freelance.  
Publicó Jada Fire (Difusión Alterna, 2011), Los Mantenidos(Funesiana, 2011), Tirando los perros (Gigante, 2012), 23 patadas en la cabeza (Difusión Alterna, 2013, Eloisa Cartonera, 2015), Humo (Vox, 2013), Calle(Milena Caserola, 2013), El condensador de flujo(La carretilla roja, 2015), Los Wachos (Editorial Conejos, 2015), Fractura expuesta(Interzona, 2015), La vida real(Viajero Insomne, 2015), Suena el afilador de cuchillos (Nulú Bonsai, 2016), 2 Poemas (Ediciones Arroyo, 2016), Working class hero (El ojo del mármol, 2016), Rejas (La carretilla roja, 2016) y Violencia doméstica (Santos locos, 2016).

Participó de las antologías: Esto pasa. Poesía en Buenos Aires (Llanto del mudo, 2015), Nunca seré poesía. Obra poética de Ricky Espinosa (Milena Caserola, 2015), Una remera rockera (ArteZeta, 2016) y Pobre diablo (Pelos de punta, 2016)

martes, 27 de diciembre de 2016

Damián Lamanna Guiñazú




1
ya no vivo acá
voy soltando el ritmo, las distancias
que tallan la forma de una nueva casa
ya no vivo acá y sin embargo
vuelvo en cada órbita
a llevarme a mis fantasmas
convencerlos del peligro
de ir dispersos entre perros y escaleras
que no sienten, será eso
la vida en mil fragmentos
decir quién soy desde cero
cuando piso un barrio nuevo
sonreírle a todo el mundo, ya no
vivo acá y un caracol emerge
desde el agua, las macetas, con sus voces
soy mi propia casa
la que siempre está pendiente
la que nunca está vacía





13 / según la vecina de adelante


antes de que nosotros llegáramos
un hombre obeso ocupaba la casa
ahora podemos entender tantas marcas en las paredes
agujeros de tornillos y clavos, los desniveles
del suelo el sentido exacto donde cae
la luz en mediodías de lluvia
antes que nosotros un pobre tipo inmenso
que necesitaba de estructuras para estar de pie
fue sacado muerto por la ventana del cuarto
la puerta cerrada, como después de una cesárea
la casa podría ser una madre que todavía cree
tiene su bebé adentro





17 / vivo enfrente de una plaza


igual que en todos los barrios donde anduve
los perros bailan con la murga, se buscan
la cola como trompos
y mientras algunos toman mate o se besan, me siento
con la guitarra y mis papeles en el pasto
como si tocara en vivo doy
lo mejor que tengo
mi indiferencia
a ese caos que nunca rebota en las paredes de adentro

pero unos nenes
o adolescentes fantasmas hermosos
florecen de la nada, me rodean perplejos soy el nuevo
amigo un extraterrestre, toco para ellos
mis notas son simples, dicen lo que puedo
la mayor, re mayor, la mayor
pasaron muchos años desde las primeras
y es una de las cosas que no
hago bien pero me esfuerzo y a mi público
no le importa, escucha
escucha
aplaude

y aunque ya es otra época, estos pibes crecen
en un universo imaginario
donde la murga sobrevive y los vecinos ahí andan
cuerpeando bolsas rayadas alrededor de las hamacas
una fiesta
donde cada tanto nos cruzamos y me saludan
existimos
cuando estamos juntos

será por eso
que quiero parecer erguido y fuerte
cuando ando cerca y ellos me nombran
“ese era damián” dicen y el rumor corre
como un mito
pronto llegará el día
me voy a ir con la guitarra colgada al horizonte

yo también quiero ser un héroe para alguien




25 / el árbol que plantó mi padre empuja la noche


es un tótem desnudo frente a la ventana
y yo, que abandoné la casa hace tiempo
apenas puedo aferrarme a su corteza
con el pensamiento
dejo que su cuerpo frío
encalle sobre el corazón sin mover las aguas
la oscuridad se despliega
como un fruto
cae en la anarquía de las estaciones

el tilo que una vez plantó mi padre ahora
hace palanca en los cimientos de la casa
igual a la uña sobre una herida ya ha comenzado
por las baldosas negras junto a la puerta, un abismo
de raíces y cemento para que las rodillas se partan
no recuerdo
cómo fue el comienzo para él
que alguna vez levantó edificios y dirigió un ejército
de tubérculos invisibles. habrá clavado sus manos
bien hondo en la tierra, un útero
del tamaño de su cuerpo fuerte envejecido
cuál es el precio de abrir el suelo, grabar una vida
que no nos pertenece o simplemente
¿la subida continúa tranquila como un viento de diciembre?

mi padre plantó un árbol flaco, quinto hijo
para los pájaros y la música que petrifica la mañana
por eso escucho su mensaje a la distancia
un cuerpo dócil
hace de la casa un barco a la espera del viento
el deseo que me llevó a vivir cerca del bosque
como un hombre silencioso
que planta un tilo en la puerta de su vida
antes de despedirse



en Propiedad Horizontal (añosluz editora, 2016)






ni siquiera

la soledad invencible que cuelga de las cabezas
ni la lentitud de estas manos en su pelea por soltarse

ni siquiera la ternura de un animal
infinito envuelto en brazos
cruzando la muchedumbre
o el canto ancestral que regresa
como tierra incendiada

me hará olvidar de esos dos chicos bajo la lluvia
la simetría de los movimientos
sus caras pintadas, sus narices
redondas girando para los autos de plata
el cuerpo transparente
agua que arrastra hojas y basura
demasiado rauda para ser blanca
demasiado blanca para ser sangre




***




igual a una panza sin remera
el cielo tirado en el baldío
también hay vidrios sueltos, latitas
apoyadas contra un rectángulo
de tiza en la pared, un arco de fútbol
brillante como ese puro perro a rayas
que ahora hierve en lo oscuro
sus ojos de fruta dulce
haciendo burbujas
junto al brote de la niebla. lo suficiente
mente cerca de la avenida
donde
el carro del botellero recolecta
lo que te hicieron creer
que ya no sirve
y por debajo de la lengua
se amontona




***




ahora que una tropa de hormigas sube por nuestras barbas
rebeldes para devorarnos / su venganza por incinerarlas con el sol
ahora que la distancia entre esta casa y la ciudad hambrienta
depende del miedo a quedarnos solos
por las noches / cuando el silencio deja de ser un concepto,
el viento más negro infla las cortinas
y la heladera imita una tierra
arrasada en un futuro que no alcanza
a llenarse con el agujero triste de nuestra voz

ahora que ya no tenemos que invocar la represión
en el pasado porque / nuestras manos ayudaron a edificarla
alta, densa como un monumento
a la soledad original / necesitamos volver a dios
a un concepto de poder cercano / a lo intangible
de la luz, a una frontera frente al terror que se reagrupa
sobre la torre, los arqueros apuntan al rincón más oscuro
un dios que ya no tenga que ver con la muerte / su reino
una llanura tersa repleta de piedras
porque donde hay piedras hay agua
un terreno infinito donde pensar / nuevas palabras que nos dejen
escapar de la niebla que se estira
como un cuerpo tendido en la imaginación
como un telón abierto
como un callejón en llamas




inéditos





Damián Lamanna Guiñazú (1985) se crió en Ramos Mejía y vive en Caseros (provincia de Buenos Aires). Publicó Propiedad Horizontal (añosluz editora, 2016), Después de la superficie (Editorial Simulcoop, 2013) y Dormir en la espalda de la lengua (Edición muy artesanal, 2011). Le gusta trabajar lejos de casa. Por el momento lo hace en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti (ex ESMA).