martes, 20 de noviembre de 2018

Víctor Pérez




FUTURO DEL FUTURO DE LAS LÁPIDAS

Ensimísmate en el idioma hasta que no te importe nadie.
Hasta que la gente solo se pueda tocar a través de ti.




DOBLE MAGNICIDIO

Haz de tu vida una trilogía americana
sobre el emocionalismo espectacular.
Sé lo más real de tu pueblo y jura destruirte
por aquello que todos persiguen.




ENVY THE ANGELS


Escribir es como comerte vivo al hombre equivocado.

Mis palabras nacen en mi cabeza a modo de trofeo. No existe manera de volver de ellas y se destruyen andando como a una madre.

Solo existe la inquietud y lo fabuloso. Esas dos bestias. Es la claridad que viaja de un hombre a otro hombre.

Yo soy el todos contra todos expandiéndose dentro de mí.

Hola. Soy el detective Pérez. El detective que odia pensar. He venido a salvarte.           




TESTAMENTO EN MP4

No te quedes mirando fijamente el poema.
No lo juzgues.
Escucha su voz de loco.
Mira cómo escarba entre tus escombros como un truco de la mente.
Quiero que Larry Bird me coma el corazón y me lo escupa
en la cara.
La voz de Larry Bird en todos mis poemas. Eso quiero.




NUEVO MARINERO EN TIERRA

A Jorge Barco Ingelmo

Ni una foto de mí en América.
Ni una novela americana sobre mí.
Ni una autopista filosófica de esas construida en mi nombre.
Las madres americanas siguen sin escribirme.
Reagan nunca habló de mí en sueños a los fantasmas
de los niños de Misuri.
Rambo nunca dijo: alabado sea Víctor Pérez.
En ningún árbol de América está grabado mi nombre completo.
Nadie me reclama allí.
Ni una sola americana me felicita el cumpleaños.
Estoy cansado de que para los americanos mi vida solo sea un juego oculto.
Nadie en América me quiere ni me ha querido jamás lo suficiente.
Ningún asesino en serie mata en mi nombre.
Los albañiles americanos no se levantan pensando en mí.
Las adolescentes americanas no follan gritando mi nombre.
Ni un solo póster mío en ninguna habitación de América.
Tarantino sigue sin mencionarme en sus películas ni en sus conversaciones privadas.
Ni una controversia sobre mí en América.
No me llaman de la televisión americana. Ni un telefonazo.
Ninguna banda pone la foto de mi cara a tamaño gigante en sus conciertos.
Tampoco vi nunca mi cara en un cartón de leche americano. En ninguna caja de cereales.
Nadie se juega la vida por mí en América.
Nadie padece, nadie se enferma por mí en América.
Tal vez el río Misisipi nunca lleve mi nombre. Y aceptar eso es jodido.
Nadie me quiere en América. Nadie me ama allí hasta la médula.




TEN OTRA FAMILIA

Yo no busco el realismo. Yo busco la realeza.
El FBI es mi musa.

Dentro de todo lo que me mira estoy yo
creciendo como un pedazo de mierda o un desastre.

Soy la pieza que le falta al puzle de los días de Hollywood.
La autenticidad, la brillantez y la dureza me destrozaron por dentro.

Pensaba en los buenos tiempos y quise la honestidad pura.
Miraba las colinas ardientes pensando que yo era el número mágico.

Ahora me quedo en casa y me pongo guapo
porque es fácil ser nada y ser penetrante.

El FBI lo hizo Dios para que me tuvieras siempre en tu cabeza.




Víctor Pérez (Oviedo-España-1978). Hace su vida entre los pueblos de Zamora de sus padres: Fresno de la Carballeda  y Calzadilla de Tera, y la localidad sevillana de Morón de la Frontera. Ha publicado: Precioso rastro de destrucción. Versátiles editorial (Huelva. 2016), La venganza de Tenskwatawa en los Pixies. Jámpster. (Chile. 2017) e Historia de la salvación en Benavente. (Canalla ediciones. Madrid. 2018)


lunes, 12 de noviembre de 2018

María Folatelli






Tarde de lluvia

Saco los baldes para recoger                                                
la lluvia y su sonido.
El intento de reparar los daños
de los últimos meses
ajustando la medida de las filtraciones                                
hasta que la partitura sea
aquella misma música
que conocí en la infancia.
El firme taconeo de las gotas
al impactar sobre el plástico
y ese trueno ocasional
que irrumpe como el grito
inesperado de los muertos
que nombran otra vez las cosas
que ya di por extraviadas
y es necesario
volver a escuchar.
Y esto porque hay alivio en saber
que todo lo que la lluvia toca
más tarde o más temprano
se evapora con el aire.
                                                                                             
  


Todos los ojos de mi familia
están puestos sobre mi vida amorosa

Cuando condimento la ensalada
papá observa la fuerza
con la que giro el pimentero
y se aflige.
Pensará que soy una de esas
mujeres cuyos dedos necesitan quitarle valor a las cosas.
Pensará que el desencanto
de unas manos rudas solo quitan mi propio valor.
Cada vez que le cuento
a mi hermana de un nuevo moretón
que me salió en el brazo
agacha la cabeza.
Pensará que soy una de esas
mujeres cuya piel necesita dar opacidad a las cosas.
Pensará que el propio
cuidado del cuerpo es lo que podría darme más luz.
Si me sirvo una copa de vino
un martes a la noche y después
otra copa más, entre ellos
hacen muecas.
Pensarán que soy una de esas
mujeres cuya sed necesita teñir de rojo las cosas.
Pensarán que esa no es manera
de pedirle al corazón que mantenga su entereza.
  



Pedir la muerte

Cómo hablar de las veces que recé y pedí
que mamá muriera. La tarde
que se desvaneció en el baño
y con papá la recostamos
en la cama
con la colostomía abierta
y el líquido oscuro
de su abdomen chorreando
por la piel. Los nervios
de los tres tensados
por el estupor y la falta
de orientación.
O cuando la sangre bullía
por dentro, mamá arañaba
las sábanas entre espasmos. Nosotras
maniobrando con qué aplomo
la jeringa de morfina
regresándola
al amparo temporal del sueño.
Esos días corrían
como una hemorragia incontenible.
Mentiría si dijera que no tenía ganas de llorar.
Mentiría si dijera que no lloraba.
Su cuarto era un templo, un perfume
de otro mundo inundaba el aire
de un relente veraniego.
Hasta era dulce, casi. 
Sentados en círculo a su alrededor
apenas si atinábamos
a despejarle el pelo, acariciarla.
Musitábamos algo parecido
a confesiones de despedida,
cuando mamá cantó con una voz heroica
su propio rezo. Así fue.
  



No tengo un corazón tranquilo

No tengo un corazón tranquilo
claquete clac, retumba
todo el tiempo, todo el tiempo.
Los vecinos no pueden dormir
y me gritan desde sus ventanas:
intentá llenarlo con tierra, nena,
o con gres; que algo fértil cubra
las cosas que andan sueltas.
No, dice otro. Probá con plomo.
Podés sostener a cualquiera
con un corazón de plomo.
Basta, responde mamá.
Su oído presionado contra mi pecho,
contando el pulso como una contracción.
Llenalo con agua salada, para que sólo
aquellos que sepan nadar puedan quedarse.
Despego su cabeza de mi cuerpo
y como nunca hice mientras vivía
le hago caso.
  



Hábitat

Por la noche,
en algún lugar del jardín
pequeñas vidas zumban y zumban.
Las mandarinas caen, estallan
y exponen su interior maduro
de semillas agrias y aroma dulce.
La humedad se adhiere a las hojas,
una lluvia pesada pulveriza la tierra, 
induce a las plantas a brotar
entre las grietas de las paredes rotas.
El vapor envuelve la existencia
hasta en sus rincones más oscuros.
Oculta de la urbanidad,
en algún lugar secreto y cálido,
otra vida crece indescriptible.
Como una ciudad pero a la inversa.
  


  
A eso me refiero

A Lau Wittner

Te sorprende la altura
que va alcanzando tu hijo
a una velocidad de autopista
el sigilo con el que tu niña
maniobra su mundo dentro del mundo.
Todavía es pronto para hablar de esto
pero ya podés ver cómo las cosas
van tomando posición al lado tuyo.
No estás del todo desprotegida.
Ahí donde implosiona tu grito
en ese balcón de tempestades
se oxigena la quietud
de las situaciones mínimas:
el nido de una paloma, una ventisca
esa nebulosa que ya no está
al cerrar y abrir los ojos.
Si bien es cierto que el piso puede ceder
en cualquier momento del día
también es natural que se acomode
lo que en verdad importa.
Por tu mesa circulan las palabras más lindas
ellas dan forma a una fuerza invisible
de protección; a eso me refiero.

  

  
Suficientemente hermoso

Mientras caminábamos por esa cuadra
bordeada de casitas blancas
hechas de piedra,
apiladas como fotos viejas
pegadas una junto a la otra en un álbum,
nos preguntábamos qué era lo que las mantenía unidas.

Qué era lo que nos mantenía unidos,
en el medio de la noche,
cuando nos acostamos uno al lado del otro
como piedras,
como fotos viejas.

Cuando bajamos en puntitas de pie
por esa cuadra empinada,
nos olvidamos de mirar hacia la luna porque las casas,
bajo los postes de luz,
eran lo suficientemente lindas.

Mientras inhalabas y exhalabas en tu sueño eterno,
me quedé despierta
y construí una casa temporal
en tus brazos.
La ventana del cuarto daba
a los pinos brillantes del bosque,
pero olvidé mirar hacia allá;
vos eras lo suficientemente hermoso.




María Folatelli. Me dicen Maru. Nací el 7 de mayo de 1988. Soy lectora apasionada y dependiente emocional de la buena música. Escribo cuando puedo y como puedo. Hace varios años asisto al taller de poesía con Laura Wittner (único taller que pude sostener a lo largo del tiempo y al que le debo mucho de mi escritura y de tantas ventanas que se fueron abriendo y me hacen muy feliz). Tengo un librito bajo el titulo provisorio de “Tembladeral” que algún día, ojalá, va a ser publicado. 

jueves, 1 de noviembre de 2018

Pablo Gungolo







0291 – 47815

suena el teléfono en casa
de mi infancia, hilvana
silencio y tono al pasear.

el elefante con el billete enroscado
de su trompa diezmil australes unos angelitos
con ribetes dorados, las fotografías
sobre el aparador los ácaros del polvo doméstico
la mesa y el mantel con motivos frutales.

la voz de mi padre tantas veces
confundida con la mía dice: usted
se ha comunicado con la familia 0291-47815
en este momento no podemos atenderte
deje su mensaje después de la señal.

la cinta congela la voz muerta
a medida que avanza mi otra voz
que no alcanza al niño sobre los hombros
de un extraño aplaudido en una playa
del sur de buenos aires   
y cuelga.




electricidad

el amanecer es un balcón
con budines y jugo de naranjas 
sentada en pijama
llena de buenos deseos
la boca de ella 
muerde una tostada
con queso crema
y dulce de frutilla.  
ríe a carcajadas
ahí el amor se cumple
crea nostalgia, sucede
estalla: quiero ser buena persona
diáfano, etéreo para siempre 
viajar de su mano
no importa si es
a un supermercado o a la peluquería
en esa molécula de tiempo 
va la existencia
más inocente.




serás feliz

debajo de una sombrilla, los pies juegan
con la arena seca. una fruta tropical
en la mano, y a través de unas gafas negras
el mar traga la tierra confinando playa:
linda postal de verano. debo
pensarme feliz, para llegar a esta costa
debo ser feliz: la chica de al lado es feliz 
boca abajo toma sol y cada tanto
se para, entra al mar y sale a seguir dorando
su piel; el chico de gorra verde y su perro 
que lanzado el frisbee, corre a atraparlo 
la señora de malla entera que junta caracoles
en un baldecito y el señor del tejo
tomando un mate, son felices; en fin:
el sol la sombrilla la arena el horizonte la fruta tropical
el mar y su versatilidad, ante mis ojos. si ahora
soy fotografiado, quién diría que en la imagen
hay un mínimo de desgracia; mi mujer me ama y está feliz
de estar aquí, en el paraíso, como me dijo esta mañana
cuando frente al espejo miraba al cuarto del hotel, a mi cuerpo
en traje de baño, y tarareaba en portugués. sí, ahora
soy fotografiado, así desvestido, debo al menos sonreír 
simular una pose o hacer una mueca. 
por el horizonte, un crucero:
habrá alguien a bordo con ganas de llorar
disfrazado a la fuerza y tomado
por la cintura en un trencito
en medio de un carnaval carioca?

bordeo la costa con piel de gallina
disfrutando las sobras, como aprendí. 




lapso

vacío el departamento devuelve
la imagen ya vista aunque olvidada 
el periodo llamado alquilar
iniciaba: mis cosas y las tuyas 
un incipiente nosotros a llenar
de otra vida y así pasan los años
ahora, nuestras cosas todas en cajas
esperan abajo dentro de un flete 
es el momento de la última mirada     
sin sentido al solo efecto de desconocer
la locación: su verdadera identidad
paradojal, es ahí donde nos abrazamos
con una fuerza que nace propia
un mismo hormigueo en el cuerpo
es la telepatía y sinceridad
rodeada de paredes blancas
y espacio disponible.




mudanza

el presente es todo el humo que soltaste:
la cabeza apoyada en mi hombro
y el suspiro final; te paso un mate
lo tomás lavado, me mirás y sonreís
te miro sonrío, por el retrovisor amanece
es una manera de creer en los días.
llevás las piernas al pecho como una nena
descalza, tus pies juegan en la felpa
del asiento; te vuelvo a ver acurrucada
frente al mar pasabas arena 
de mano en mano, hermosa
no te lo digo pero acaricio tu nuca
pienso en tu nuca, a eso
reduzco el universo, y preguntás
en qué estás pensando?

la ventanilla y el viento, su ruido
nos convence de la velocidad
un tema de rock, algo nuestro 
cantamos, la época vibra.

el auto avanza y la ruta
nos encuentra nómades
inmóviles, lejos
y en nosotros la casa
más intangible de todas.




placer

prendo un cigarrillo
y observo mansamente 
el mar como preludio del océano.
será lo más cercano de la eternidad
que estos ojos entiendan. el tiempo
es otro, dulce y benevolente, así
debe ser la felicidad en el mundo?
los duros conceptos adquiridos
van perdiendo cuerpo
y vuelvo a mi mejor infancia
a creerlo todo, todo.
el mar está firme:
la actividad cesa por antonomasia.
gaviotas, y nubes con el rigor
de la libertad, viajan apenas 
por un cielo siempre espontáneo:
existo porque vi esas gaviotas
y aquellas nubes y al resto
del paisaje: la totalidad
justa y necesaria. el viento sacude
mis cabellos como en las películas
el aire en movimiento es una suerte
de olvido; ausculto, cierro los ojos
y escucho el léxico de la costa.




Pablo Gungolo (Bahía Blanca, 1980) publicó el libro de poemas Polaroid (2011 Ed. La Parte Maldita) Los poemas aquí reunidos pertenecen al libro los restos (2017 Ed. En Danza).