miércoles, 16 de enero de 2019

Joseph Stroud


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El mago


Cruzando la quebrada desde el molino hay un terreno
donde los gitanos dejan el burro atado al árbol. A veces
atravieso el río, le llevo una manzana, y se la ofrezco
como una piedra preciosa. Él la contempla, luego toma mi mano
entera entre los labios de gamuza, y no sé cómo
pero cuando levanta la cabeza la fruta ya no está.


The Magician


Across the ravine from the mill house there’s a grassy patch
where gypsies keep a donkey tied to a tree.  Sometimes
I’ll cross the stream and bring him an apple, holding it out
like a rare jewel.  He’ll contemplate it, then take my whole
hand into his lips as soft as suede, and I can’t tell how he
does it, but when his head lifts back, the apple has disappeared.




Noche de día


La noche no quiere terminar, nunca quiere entregarse
a la luz. Así que se esconde en las cosas: cuervos, obsidiana.
Hasta en el solsticio de verano, día en que la luz tiene
su gran triunfo, donde campos de girasoles devoran el sol:
partimos la sandía y escupimos
semillas negras, pedazos de noche que relucen en el pasto.



Night in Day


The night never wants to end, to give itself over
to light.  So it traps itself in things: obsidian, crows.
Even on summer solstice, the day of light’s great
triumph, where fields of sunflowers guzzle in the sun —
we break open the watermelon and spit out
black seeds, bits of night glistening on the grass.




Los disturbios recurrentes del verano


Finales de primavera y las capuchinas se portan bien,
las hojas apenas salen de las macetas. Pero sé que falta poco –
esta mañana noté que el primer brote se asomaba, vacilante,
hacia la luz que inunda el jardín, y veo cómo las cabezas luminosas
susurran entre las hojas – pronto van a salir disparadas, pronto
los tallos van a escapar por la terraza, en enjambre, yéndose para la luz. 



Every Summer the Riots


Late spring and the nasturtiums are behaving themselves, just poking
their leaves over the flower box.  But I know it won’t be long now —
this morning I noticed the first tentative shoot peering out
to where sunlight floods the garden, and I can see the jeweled heads
whispering in the leaves — soon they’ll make a break for it, soon
the tendrils will bolt across the deck, swarming toward light.




Perdido


El ciervo se da vuelta y sigue tranquilamente
cuesta arriba sin mirar siquiera 
hacia donde estoy yo, donde empiezo a cruzar
un campo nevado dentro de mi cuerpo y me pierdo
mientras una ceniza blanca cae del cielo y tapa mis huellas
y no hay cómo encontrar el camino de vuelta.


Lost


The deer turns his head away from me and casually
continues along the ridge not even glancing back
to where I stand, to where I begin to walk across
a field of snow inside my body and lose myself
as a white ash drifts from the sky filling my tracks 
and there is no way to find my way back.




La traducción difícil del amor


Pasados cinco años de matrimonio,
pensó que su corazón había logrado traducirlo.
Pero fue como esa noche en el Ciclo de Cine Extranjero
cuando de pronto en mitad de una película
los subtítulos cambiaron a doblaje
y por un instante pensó que entendía rumano.


Love’s More Difficult Translation


About five years into the marriage
he thought his heart had finally translated it.
But it was like that night at the Foreign Film Festival
halfway through a movie when suddenly
it switched from subtitles to dubbed English
& for an instant he thought he understood Romanian.




Canción de divorcio


Amargo el calor del sol, amargos el sabor a manzana,
la canción, las estrellas y los campos de trigo, amargos el recuerdo,
la luna, la superficie del lago a la mañana con su resplandor
como de perla, amargos la garganta del colibrí
y el polen dorado, todos los poemas y su música, maderas
de arpa y sándalo, amargos, sábanas de seda, fuego, el matrimonio.



The Song of Divorce


Bitter the warmth of sunlight, and bitter the taste of apple,
the song and the stars and wheat fields, bitter the memory,
moonlight, the shine of the lake’s surface in morning
like a sheen of pearl, bitter the hummingbird’s throat
and gold pollen, all poems and their music, harp wood
and sandalwood, bitter, silk sheets, fire, the marriage.


(De Suite for the common).


Traducción: Shira Rubenstein, bajo el cuidado de Laura Wittner.


Joseph Stroud es autor de cinco libros de poesía: In the Sleep of Rivers (Capra Press,1974), Signatures (BOA Editions, 1982), Below Cold Mountain (Copper Canyon Press,1998), Country of Light (Copper Canyon Press, 2004) y Of This World, New & Selected Poems (Copper Canyon Press, 2009). Ha recibido numerosos premios y honores a lo largo de su carrera literaria. Actualmente divide su tiempo entre una casa en Santa Cruz en la costa de California, una cabaña en la Sierra Nevada y un pequeño estudio en los cerros de Jalisco, México. 

lunes, 7 de enero de 2019

María Eugenia López






El siberiano se ve que agarró a Caliel a través de las rejas, saltó y lo atrapó a través de los fierros, y yo supongo que se lo fue llevando apretado entre los dientes. ¿Habrá tenido conciencia el pequeño de que se le rompía dentro? Digo, ¿habrá sentido, habrá, en medio del desconcierto, de la sorpresa del pánico, habrá tenido conciencia de que lo estaban matando, de que no iba a zafarse, que se le quebraban las partes que lo mantenían vivo? Yo supongo, no sé, deseo que, cuando llegué corriendo, haya sentido mi presencia y calmado su miedo, haya aflojado sus músculos porque sintió mis brazos, y que no haya sido sólo porque se estaba muriendo.

(de Para una historia de los alimentos, Zindo&Gafuri, 2018)

***

Los pies y las uñas de Jesús con sus dedos perfectitos. Esas uñas coloreadas. Pasa un dedo por el muro discontinuo de Tijuana. No es el muro de Tijuana. Pasa de acá para allá una uña para la pedicuría. Cristo, mi señor, qué son esas polleras. En la arena, al correr contra la reja, se te enredan las sandalias. El pie fecundo está rascándose a capela en el borde de la playa. A capela cruzan los albatros la frontera. Hay aves que se cagan de ambos lados. Unos tacos te vendrían bien, señor. Siendo el hijo menor, el bebé de papá, te vendrían bien unas carteras. La gula también es hambre y viajar en la cajuela, Jesús, eso es apostasía. Tres helicópteros como péndulos, Cristito, te señalaron el rosario entre los pliegues. El mar muerto de cada día. El coche parecía un estadio de béisbol. ¿Has pescado tus propios peces? Qué tristeza te daría. No cambiás el nombre y el estado de las cosas. Querías entrar por el arco en cebra pero metiste las uñitas por entre las rejas. Al comienzo te tragó el agua y al salir devolviste los coyuyos al océano. Lo primero que pasaste para ese lado del cuerpo fue la baba. Un disparo impreciso de saliva. Lo más peligroso que te ocurrió, hijito, fue que a la patrulla la chocaran. La amenaza, sangre de mi sangre, de la doble penetración con la lengua.

(de Carlinga, Club Hem, 2016)

***

Qué dirías si te digo que me robaron el perro. Como si pudiera ser robado. Como si te fueras y al volver sólo quedaran sus cosas. Y al dar vueltas por el barrio lo ves atado a lo lejos, bajo el árbol de otra casa, y nadie te explica nada. Y el perro mira a la distancia.

(de Antepecho, inédito)

***

Mary Ann Nichols

No tengas miedo por lo que vas a padecer.
Apocalipsis 2, 10

No quiere abandonar su puesto. Dejar a sus amigas en la noche. Una la peina otra la viste. Con una de ellas habla siempre susurrando. No quiere dejar su puesto abandonar no quiere. Si no vuelve en la mañana quién besará a su amiga.
*
La niebla se va a abrir en un sendero hacia mis brazos. No toques el suelo, ni los charcos, ni las plantas. No mires el cielo. Vení.
*
Las luces de las velas iluminan cada gota de una lluvia que no cae, que flota, que se eleva. Ellas se respiran toda el agua.
*
Soy un sujeto dividido. Un conjunto de partes de algo grande. La mano se mueve como un río. Es más una caricia que rompientes. Pero igual carcome. Igual empuja. Vení.
*
La saliva cambia de sabor con el orgasmo y se apropia las esencias de las pieles. Sus cuerpos vaporizan lo volátil. Son de la familia de labiadas, umbilíferas, rutáceas.
*
Mi río arrastra lento por debajo y con rapidez arriba. Mi mano carga miles de pedazos que se mueven hacia el mismo lado. Que rompen las mismas cosas. Vení.
*
Detrás de las esquinas, en los baños, debajo de las mesas. Todas las lenguas se entienden en la cama. Todos los labios unen.
*
Mis ojos son como llama de fuego. Mi furia es grande. Mi cara brilla como el sol cuando se está poniendo. Vení.
*
Ella se arrima el arma al cuerpo posa el cuerpo en el cuchillo. La luz roja ilumina sus pechos. Le llena el abdomen. Como cuando el vino se vuelca en un recipiente redondo y suave.
*
Hay una laceración leve en la lengua. No marcas de manos en el cuello. Hay leves huellas de lenguas en el cuello, heridas en las manos. Hay definitivamente algo en la lengua.
*
No hay marcas en el cuerpo, en el pecho o en la ropa. No hay manchas no hay huellas en el cuerpo. La sangre sólo va por dentro y cuando sale es limpia.
*
En el Little Ilford hay una placa, pero ninguna cruz rosa. No hay cruces para los suicidas.


(de Arena, Limón Partido, 2009; Malisia, 2018)



María Eugenia López (La Plata, 1977). Publiqué Bonkei (La Plata, 2004; Sâo Paulo, 2014), Sybille Schmitz (plaquette, Santiago de Chile, 2007), Arena (México, 2009; La Plata, 2018), Jirones de París (Barcelona, 2014), Carlinga (La Plata, 2016), Para una historia de los alimentos (Buenos Aires, 2018) y en diversas antologías, revistas y sitios web.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Damián López

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De desconfianza crónica


réquiem

me preguntaste si me dolía
entregar nuestra mascota y recibir
a los quince minutos más o menos
una bolsa negra con la forma de una perra muerta

honestamente
no sé distinguir la incomodidad de la tristeza
aunque no es fácil intuir que atrás de una puerta
hay algo familiar que se extingue

yo no me atrevo a mirar
por eso mi memoria
es una bolsa negra con la forma de cosas muertas
no sé si me duele
no he podido pensarlo todavía




algunas tardes

algunas tardes son barro chorreando las ventanas
y por mucho que se la frote
la superficie del cansancio ya no puede ser la misma
el sol se raspa contra las montañas
la luz violeta se unta sobre mi ropa
y yo pienso en mi muerte
como en la boleta de la luz
o el pronóstico extendido para el fin de semana

no sería más que un ejercicio de anticipación
breve e indeleble
sin demasiadas consecuencias
tristeza sobre tristeza
soledad sobre soledad
un recuerdo inexacto como cualquier otro

pienso en mi muerte como una posibilidad narrativa
y tal vez por eso es tan fugaz la intención:
no tengo cómo saber si seré
protagonista de mi propia eternidad

de todas maneras no creo que haga nada
tengo que asistir a una reunión de padres
comprar algunas cosas para el almuerzo
indignarme sin necesidad
ejercer el amor por mi familia
la voracidad por el mundo
y morirme no me va a librar de todo eso




mudanza

nos arrogamos el derecho de trasplantar la alegría
hacer de lo cotidiano un caos endeble
de etiquetas indecisas
quisimos la aventura de sembrar
el hambre y el insomnio
a cambio de una sonrisa de pulsiones lentas
y una alegría edificada con pequeños avances
ahora habitamos este territorio incompleto
aferrados al olor a sol en la ropa
la tierra en los rincones y en los pies
los gritos viejos amontonados entre las cajas
los nidos de mosquitos atrás de la incomodidad

estamos en casa
hemos inaugurado una modesta utopía




De basado en hechos reales (inédito)


momento de relajación

casi todas las noches
una murga que hay en mi barrio
se reúne a aturdir al verano
y la pileta de lona que tengo en el patio
me inmuniza del fastidio
que también ellos intentan disipar con su metralla
mi percepción subacuática recibe esa música
esa persistencia
y la vuelve bombardeo
deseo pretencioso e ingenuo
de vivir bajo el fuego
morir por el fuego
¿qué fácil, no?
mi cuerpo golpea intermitentemente
la contención de su propio placer
manos contra la lona
misiles democráticos incendian el cielo
pies contra la lona
niños estériles aprenden a explorarse en los escombros
nariz bajo el agua
¿qué podría saber yo del horror?




sensitive guy

te vi llorar a tus muertos
como si te hubieran prometido otra cosa
te acolchoné el desmayo cuando te avisaron
que habían hecho todo lo posible
amenacé a los de la cochería
esa vez que nos querían negar el cajón
y a vos el estupor te acalambró las palabras
vi los cuerpos de tus familiares
en ascenso diagonal o descenso tambaleado
de cada partida a la que me tocó asistir
tengo la memoria de tus ojos
salando tu egoísmo
mientras yo me aprovechaba de mi tamaño
y te abrazaba confiado
de que la presión y la ternura a veces se parecen
en todas las muecas puede irrumpir la tristeza
¿para qué voy a fingir que me importa?
si no tengo otra cosa para ofrecer
apenas un desconcierto racional
un suspiro de hastío
salas de espera empapeladas
con un vacío barato y mal pegado




elogio de la carpintería

cada vez que recibo visitas
se sorprenden por la rapidez y la prolijidad
con la que construí los muebles de mi casa
¿cómo hiciste para aprender?
¿te ahorrás un montón, no?
¿y no pensaste en dedicarte a esto?
yo los miro casi avergonzado asiento sonrío
no quiero decepcionarlos
la verdad es que lo hago porque me aterran
ciertos aspectos de mi existencia
no la anemia inherente a todas las cosas
el pan los diarios la fe
remeras gastadas de cuando éramos puro deseo
pienso apenas en algunos detalles menores
la fragilidad de ciertos encastres
destinados a soportar un peso considerable
los defectos propios de la intervención humana
descubrir años después
que nos hemos esforzado inútilmente
que para aquella tarea existía
una herramienta más apropiada




Damián C. López nació en Rosario en 1983 y desde 2003 reside en San Juan, donde se recibió de Licenciado en Letras. Actualmente trabaja como corrector y diagramador en la Editorial de la UNSJ y revistas culturales y científicas de San Juan, y como docente en la cátedra Lectura y Escritura 2 de la Licenciatura en Comunicación Social. Además, coordina el taller literario de la Escuela Municipal de Arte de la ciudad de San Juan. Desde 2007 sostiene el proyecto editorial elandamio ediciones y, desde 2016, la revista digital Champa.
Publicó los libros de poesía la otra cara de la almohada (elandamio, 2007), la clave está en saber contestar (elandamio, 2015) y desconfianza crónica (elandamio, 2017), los ensayos anotaciones incendiarias (elandamio, 2015) y ¡Cámbiale, Marge! Posmodernidad, capitalismo y literatura en The Simpsons (Editorial UNSJ, 2015), la novela gráfica El Regreso de los Patriotas, con dibujos de Jorge Rodríguez (Editorial UNSJ, 2016) y la entrevista Encuentro en los Confines - Conversaciones con Liliana Bodoc (Ediunc, 2018).

martes, 20 de noviembre de 2018

Víctor Pérez




FUTURO DEL FUTURO DE LAS LÁPIDAS

Ensimísmate en el idioma hasta que no te importe nadie.
Hasta que la gente solo se pueda tocar a través de ti.




DOBLE MAGNICIDIO

Haz de tu vida una trilogía americana
sobre el emocionalismo espectacular.
Sé lo más real de tu pueblo y jura destruirte
por aquello que todos persiguen.




ENVY THE ANGELS


Escribir es como comerte vivo al hombre equivocado.

Mis palabras nacen en mi cabeza a modo de trofeo. No existe manera de volver de ellas y se destruyen andando como a una madre.

Solo existe la inquietud y lo fabuloso. Esas dos bestias. Es la claridad que viaja de un hombre a otro hombre.

Yo soy el todos contra todos expandiéndose dentro de mí.

Hola. Soy el detective Pérez. El detective que odia pensar. He venido a salvarte.           




TESTAMENTO EN MP4

No te quedes mirando fijamente el poema.
No lo juzgues.
Escucha su voz de loco.
Mira cómo escarba entre tus escombros como un truco de la mente.
Quiero que Larry Bird me coma el corazón y me lo escupa
en la cara.
La voz de Larry Bird en todos mis poemas. Eso quiero.




NUEVO MARINERO EN TIERRA

A Jorge Barco Ingelmo

Ni una foto de mí en América.
Ni una novela americana sobre mí.
Ni una autopista filosófica de esas construida en mi nombre.
Las madres americanas siguen sin escribirme.
Reagan nunca habló de mí en sueños a los fantasmas
de los niños de Misuri.
Rambo nunca dijo: alabado sea Víctor Pérez.
En ningún árbol de América está grabado mi nombre completo.
Nadie me reclama allí.
Ni una sola americana me felicita el cumpleaños.
Estoy cansado de que para los americanos mi vida solo sea un juego oculto.
Nadie en América me quiere ni me ha querido jamás lo suficiente.
Ningún asesino en serie mata en mi nombre.
Los albañiles americanos no se levantan pensando en mí.
Las adolescentes americanas no follan gritando mi nombre.
Ni un solo póster mío en ninguna habitación de América.
Tarantino sigue sin mencionarme en sus películas ni en sus conversaciones privadas.
Ni una controversia sobre mí en América.
No me llaman de la televisión americana. Ni un telefonazo.
Ninguna banda pone la foto de mi cara a tamaño gigante en sus conciertos.
Tampoco vi nunca mi cara en un cartón de leche americano. En ninguna caja de cereales.
Nadie se juega la vida por mí en América.
Nadie padece, nadie se enferma por mí en América.
Tal vez el río Misisipi nunca lleve mi nombre. Y aceptar eso es jodido.
Nadie me quiere en América. Nadie me ama allí hasta la médula.




TEN OTRA FAMILIA

Yo no busco el realismo. Yo busco la realeza.
El FBI es mi musa.

Dentro de todo lo que me mira estoy yo
creciendo como un pedazo de mierda o un desastre.

Soy la pieza que le falta al puzle de los días de Hollywood.
La autenticidad, la brillantez y la dureza me destrozaron por dentro.

Pensaba en los buenos tiempos y quise la honestidad pura.
Miraba las colinas ardientes pensando que yo era el número mágico.

Ahora me quedo en casa y me pongo guapo
porque es fácil ser nada y ser penetrante.

El FBI lo hizo Dios para que me tuvieras siempre en tu cabeza.




Víctor Pérez (Oviedo-España-1978). Hace su vida entre los pueblos de Zamora de sus padres: Fresno de la Carballeda  y Calzadilla de Tera, y la localidad sevillana de Morón de la Frontera. Ha publicado: Precioso rastro de destrucción. Versátiles editorial (Huelva. 2016), La venganza de Tenskwatawa en los Pixies. Jámpster. (Chile. 2017) e Historia de la salvación en Benavente. (Canalla ediciones. Madrid. 2018)


lunes, 12 de noviembre de 2018

María Folatelli






Tarde de lluvia

Saco los baldes para recoger                                                
la lluvia y su sonido.
El intento de reparar los daños
de los últimos meses
ajustando la medida de las filtraciones                                
hasta que la partitura sea
aquella misma música
que conocí en la infancia.
El firme taconeo de las gotas
al impactar sobre el plástico
y ese trueno ocasional
que irrumpe como el grito
inesperado de los muertos
que nombran otra vez las cosas
que ya di por extraviadas
y es necesario
volver a escuchar.
Y esto porque hay alivio en saber
que todo lo que la lluvia toca
más tarde o más temprano
se evapora con el aire.
                                                                                             
  


Todos los ojos de mi familia
están puestos sobre mi vida amorosa

Cuando condimento la ensalada
papá observa la fuerza
con la que giro el pimentero
y se aflige.
Pensará que soy una de esas
mujeres cuyos dedos necesitan quitarle valor a las cosas.
Pensará que el desencanto
de unas manos rudas solo quitan mi propio valor.
Cada vez que le cuento
a mi hermana de un nuevo moretón
que me salió en el brazo
agacha la cabeza.
Pensará que soy una de esas
mujeres cuya piel necesita dar opacidad a las cosas.
Pensará que el propio
cuidado del cuerpo es lo que podría darme más luz.
Si me sirvo una copa de vino
un martes a la noche y después
otra copa más, entre ellos
hacen muecas.
Pensarán que soy una de esas
mujeres cuya sed necesita teñir de rojo las cosas.
Pensarán que esa no es manera
de pedirle al corazón que mantenga su entereza.
  



Pedir la muerte

Cómo hablar de las veces que recé y pedí
que mamá muriera. La tarde
que se desvaneció en el baño
y con papá la recostamos
en la cama
con la colostomía abierta
y el líquido oscuro
de su abdomen chorreando
por la piel. Los nervios
de los tres tensados
por el estupor y la falta
de orientación.
O cuando la sangre bullía
por dentro, mamá arañaba
las sábanas entre espasmos. Nosotras
maniobrando con qué aplomo
la jeringa de morfina
regresándola
al amparo temporal del sueño.
Esos días corrían
como una hemorragia incontenible.
Mentiría si dijera que no tenía ganas de llorar.
Mentiría si dijera que no lloraba.
Su cuarto era un templo, un perfume
de otro mundo inundaba el aire
de un relente veraniego.
Hasta era dulce, casi. 
Sentados en círculo a su alrededor
apenas si atinábamos
a despejarle el pelo, acariciarla.
Musitábamos algo parecido
a confesiones de despedida,
cuando mamá cantó con una voz heroica
su propio rezo. Así fue.
  



No tengo un corazón tranquilo

No tengo un corazón tranquilo
claquete clac, retumba
todo el tiempo, todo el tiempo.
Los vecinos no pueden dormir
y me gritan desde sus ventanas:
intentá llenarlo con tierra, nena,
o con gres; que algo fértil cubra
las cosas que andan sueltas.
No, dice otro. Probá con plomo.
Podés sostener a cualquiera
con un corazón de plomo.
Basta, responde mamá.
Su oído presionado contra mi pecho,
contando el pulso como una contracción.
Llenalo con agua salada, para que sólo
aquellos que sepan nadar puedan quedarse.
Despego su cabeza de mi cuerpo
y como nunca hice mientras vivía
le hago caso.
  



Hábitat

Por la noche,
en algún lugar del jardín
pequeñas vidas zumban y zumban.
Las mandarinas caen, estallan
y exponen su interior maduro
de semillas agrias y aroma dulce.
La humedad se adhiere a las hojas,
una lluvia pesada pulveriza la tierra, 
induce a las plantas a brotar
entre las grietas de las paredes rotas.
El vapor envuelve la existencia
hasta en sus rincones más oscuros.
Oculta de la urbanidad,
en algún lugar secreto y cálido,
otra vida crece indescriptible.
Como una ciudad pero a la inversa.
  


  
A eso me refiero

A Lau Wittner

Te sorprende la altura
que va alcanzando tu hijo
a una velocidad de autopista
el sigilo con el que tu niña
maniobra su mundo dentro del mundo.
Todavía es pronto para hablar de esto
pero ya podés ver cómo las cosas
van tomando posición al lado tuyo.
No estás del todo desprotegida.
Ahí donde implosiona tu grito
en ese balcón de tempestades
se oxigena la quietud
de las situaciones mínimas:
el nido de una paloma, una ventisca
esa nebulosa que ya no está
al cerrar y abrir los ojos.
Si bien es cierto que el piso puede ceder
en cualquier momento del día
también es natural que se acomode
lo que en verdad importa.
Por tu mesa circulan las palabras más lindas
ellas dan forma a una fuerza invisible
de protección; a eso me refiero.

  

  
Suficientemente hermoso

Mientras caminábamos por esa cuadra
bordeada de casitas blancas
hechas de piedra,
apiladas como fotos viejas
pegadas una junto a la otra en un álbum,
nos preguntábamos qué era lo que las mantenía unidas.

Qué era lo que nos mantenía unidos,
en el medio de la noche,
cuando nos acostamos uno al lado del otro
como piedras,
como fotos viejas.

Cuando bajamos en puntitas de pie
por esa cuadra empinada,
nos olvidamos de mirar hacia la luna porque las casas,
bajo los postes de luz,
eran lo suficientemente lindas.

Mientras inhalabas y exhalabas en tu sueño eterno,
me quedé despierta
y construí una casa temporal
en tus brazos.
La ventana del cuarto daba
a los pinos brillantes del bosque,
pero olvidé mirar hacia allá;
vos eras lo suficientemente hermoso.




María Folatelli. Me dicen Maru. Nací el 7 de mayo de 1988. Soy lectora apasionada y dependiente emocional de la buena música. Escribo cuando puedo y como puedo. Hace varios años asisto al taller de poesía con Laura Wittner (único taller que pude sostener a lo largo del tiempo y al que le debo mucho de mi escritura y de tantas ventanas que se fueron abriendo y me hacen muy feliz). Tengo un librito bajo el titulo provisorio de “Tembladeral” que algún día, ojalá, va a ser publicado.