jueves, 18 de mayo de 2017

Sofía Gómez Pisa








Nelly

Nelly observa
con amable dulzura y lentitud
la gente ir y venir, en el bar
y se pide su jugo y su árabe de lomo.
Luego un demonio se apodera
de ella y se queja
de todo.
Dice estar en el bar
porqué en Carlitos
hay gente joven y ruidosa
y ella solo quiere estar
junto a su árabe
que no pudo morder
que se le escurre entre los ojos
como los recuerdos

de un tiempo mejor.








Ella, la muerte o dios

Ayer fue el entierro de mi tía abuela.
El párroco que no sabía su nombre
repetía constantemente : Elvira, Elvira, Elvira
como si conociéramos a quien se refería.
Luego notó su error
 leyendo el ataúd y dijo :
 “bueno, Emma, pero
de segundo nombre Elvira.”
Y siguió diciéndole así.
Habló de dios, Jesús y los pecados
y después , la cremaron
otros dos tipos que tampoco
sabían como se llamaba,
ni les importaban
Ella, la muerte, o dios.








Las doce

Son las doce
y en Constitución
los obreros
se morfan
su sánguche
salvador.
Miran pasar a las
jóvenes estudiantes
de sociales.
Por sus manzanas
azucaradas
les silban.
Mientras imaginan
una tarde con ellas
en un mundo mejor.








El facho       

El crudo invierno
y el desempleo.
Y  del otro lado de la puerta:
todas las novias que no fui,
todos los padres que no tuve.
Las cosas que no sé
como voy a pagar el mes que viene.
El facho por lo menos me invitaba a cenar.








Digo

Y dicen que te vieron y si esos ojos
no mienten, no se equivocan,
no se habían confundido,
estabas comprando cosas de la casa
con otra.
Otra casa, otro cuerpo, otro pelo
nunca el mío.
Yo jamás compro cosas de la casa.
Nunca podría acompañarte.                    








Genética

Tenés los gestos
de tu papá
dice mamá
y le cambia la voz.
Es que sabe reconocer
los signos
de quien no aprendió a vivir.







Sofía Gómez Pisa. Ciudad de Buenos Aires, 1990. Es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA. Colabora para diversos medios gráficos y radiales. Fue antologada en “Poesía Reptante” Textos intrusos (2016) y “12 poetas 12 apóstoles” Ediciones Francia (2016)“Ella, la muerte o dios” es su primer poemario. Actualiza el blog htp://palabrascomopuentes.blogspot.com







jueves, 11 de mayo de 2017

Yolanda Segura



Foto: Edith Segura

Los perros suicidas del puente de Overtoun


Unos cien perros se han lanzado desde el
puente de Overtoun en el último siglo. Unos
cien perros aunque no de todas las razas:
solo labradores, collies, golden retrievers.

No todos los perros perdieron la vida
aunque se presume que todos los perros
intentaron perderla. Los pobladores
aconsejaban no soltar la cadena
de sus mascotas, una teoría
dice que solo se arrojarían los
perros cuyos dueños tuvieran
una existencia deprimente.

Un hombre quiso investigar los motivos, pensó
que una planta de cierto olor,
el grosor de la tierra,
el tipo de puente,
la altura,
lo que pensaba la gente mientras
paseaba a sus perros.
Quería recurrir a la ciencia el hombre.




1. Había estado lloviendo,
el arroyo hacía mucho ruido


A los perros
esas cosas les encantan.

El mundo de los perros es mucho
más ruidoso que el nuestro, la gama
de sonidos que pueden escuchar es
amplia como un hocico abierto.

Quizá el suicidio de los perros
fuera la reacción ante un sonido
que los dueños no podían oír
(no queda claro si el sonido
era el ladrido fantasmagórico de otros
perros suicidas o las señales de radar
de una base naval cercana).
Sin embargo los expertos en el puente
no dieron con ningún
infrasonido o ultrasonido.




2. Todo lo insólito que sucede en la tierra
puede explicarse mediante un campo magnético
(también insólito)


Desde este mismo puente un hombre
de nombre Kevin Moy habría arrojado a
su hijo como un sacrificio, una ofrenda
para cerrar la puerta interdimensional
al inframundo. Tal vez los perros tienen una
puerta para perros abierta en la puerta
cerrada al inframundo.

Es probable que los perros no sean conscientes del peligro.





3. En primer lugar el olfato del perro


Desde el puente se pueden ver zorros,
visones, ardillas. La mayoría de los perros
se movían casi directamente al olor de los visones.
El visón tiene unas glándulas que secretan
una sustancia que enloquece y atrapa a los
animales que buscan a toda costa marcar su territorio,
decir esto es mío.




4. Los dueños de los perros pueden agravar la situación


Imagínese que hay un perro y gente asomándose por
el puente, el perro se preguntará qué es
lo que miran y querrá saltar para alcanzarlo:

una mujer tenía un perro y salió
con su familia a dar un paseo en el puente, habría
soltado la cadena de su border collie y el hijo de dos
años se habría acercado a la orilla. Dijo correa y el perro
dio un gran salto pasando por encima de la barda,
dijo correa y no pudo hacer nada para evitarlo.

Quizás no vio al niño detrás de la torreta, quizás
quería comprobar que el niño estaba bien, quizás
pensó voy a buscarlo y traerlo a donde debe estar, quizás.

Un perro puede ser pastor o cazador o guardián.

Mandíbula, espalda y patas rotas: el veterinario
decidió que sus lesiones eran demasiado graves.




5. Su sentido de la vista tan limitado podría
tener su papel


El rojo no entra en el
espectro de los perros. El color de la sangre
no entra en el espectro de los perros. Los perros
no son conscientes de su sangre. En lugar de árbol
un perro no vería más que una mancha borrosa en
forma de árbol. Un gran borrón gris detrás de una
pared gris su mundo, dice el investigador que se agachó
hasta el nivel perro, su mundo estaba rodeado por la piedra.


» Quizá el ejemplo de su dueño hiciera
que los leales perros saltaran al
vacío antes de mirar. Los expertos
están de acuerdo en que los perros no se
suicidan. No todas las historias terminan mal.



En Erskine, un puente
a 11 km de Overtoun,
unas quince personas se arrojan
y pierden la vida cada año.





Yolanda Segura (Querétaro, 1989) estudió la maestría en Letras Latinoamericanas en la Universidad Nacional Autónoma de México y realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado Todo lo que vive es una zona de pasaje (Frac de Medusas, 2016) y O reguero de hormigas (FETA, 2016), poemas suyos y artículos críticos han aparecido en diversas revistas y antologías. Actualmente estudia el Doctorado en Letras (UNAM). Mantiene el blog http://wwww.elreversodelaspiedras.blogspot.mx   

miércoles, 3 de mayo de 2017

Marcelo Díaz




DÍPTICO PARA SER LEÍDO CON MÁSCARA DE LUCHADOR MEXICANO

I – La Era del Karaoke

Los cactus han brotado en el verano, uniformes e instantáneos. Se los ve
desde el bar Oro Preto (sic), en el declive de una tarde bochornosa.
Se oye hablar de palmeras, de playas donde el agua es de un celeste cristalino,
de cardúmenes que se abren como estallidos multicolores,
se oye el hielo derretirse en vasos de cuello largo,
y motores que regulan en el semáforo de la avenida,
y los primeros acordes del tema musical de Titanic.
Están en un extremo de la peatonal Drago, frente al bar Oro Preto,
están entre los cactus, bajo el cartel azul y verde que dice MOVISTAR,
delante de un mundo iluminado por celulares y sonrisas ploteadas en el vidrio.
¡DUPLICATE! ¡RECARGAME! ¡SOMOS MÁS! Pero ellos no son parte
de la campaña de MOVISTAR, tampoco lo son los cactus,
aunque una mujer le dice a otra: mirá qué lindos
los cactus que puso MOVISTAR. Pero los cactus, verdes, instantáneos,
uniformes y estampados sobre una gruesa lona vinílica, no forman parte
de la campaña publicitaria de MOVISTAR, están ahí
para simbolizar el desierto
aún presente en la ciudad, están ahí
para recordarnos que el desierto
sigue ahí, bajo el cemento. Aunque es cierto
que son lindos y que los artistas
se inclinaron por la misma tonalidad de verde que los creativos
de la transnacional. Ahora,
desde una mesa en la vereda del bar Oro Preto,
asistimos al hundimiento del Titanic, que este grupo
(dos sikus, dos parlantes, una quena,
un amplificador TONOMAC, una flauta de pan)
interpreta con entusiasmo andino entre cactus de lona vinílica,
ante un cardumen multicolor de celulares
que se recargan y se duplican en la pecera telefónica.
El Titanic, en la versión electro-kolla, más que hundirse, se disuelve
en trinos de quena y siku, y he aquí a los músicos,
sobrevivientes tenaces del naufragio de un continente, en los estertores
de la era del karaoke, con sus ropajes que juzgamos típicos, aunque no sepamos
típicos de qué, de pie y agradeciendo la llovizna
de aplausos que no bien
toca el desierto, se evapora.




II – Señas de identidad

Para el taxista que mira en diagonal el conjunto
desde su parada en Avenida Colón
son bolivianos, pero están
disfrazados de otra cosa; para el cafetero que atraviesa la peatonal
con su carrito de metal lleno de termos
son paraguayos que se hacen los bolivianos, y además
hacen playback; para el cajero del bar Oro Preto
son todos de Fuerte Apache, si bien concede
que la versión de Chiquitita
es lo mejor de un repertorio
marcadamente multicultural, y a él, en particular, le gusta;
para el guardia de seguridad privada de MOVISTAR
son un objeto a desalojar, tarde o temprano, cuando le den la orden;
para las administrativas de la Universidad Nacional del Sur
que se hacen un minuto y toman un café, las plumas del vestuario son
de papagayos amazónicos, y sus colores: ¡heer-mo-sos!;
para el productor agropecuario que en su camioneta exhibe
dos calcos: CAMBIEMOS y ESTAMOS CON EL CAMPO, como quien dice
“estoy conmigo y cambio para seguir siendo más yo mismo junto a mí”,
en un ejercicio de autosolidaridad identitaria
difícil de superar, son bolivianos que se cansaron
de juntar cebolla en Mayor Buratovich y ahora se dedican
al arte musical; para el Presidente de la Nación Nicolás Avellaneda
el problema es el desierto; para el joven abogado Estanislao Zeballos
se trata de quitarles el caballo y la lanza
y obligarlos a cultivar la tierra con el Rémington al pecho, diariamente;
para el Ministro de Guerra Julio Argentino Roca 1 Rémington se carga
15 indios a la carrera, el resto es hacer cuentas,
y embolsar; para el periodista que se arrima
con espíritu etnográfico y pregunta:
¿de dónde son? la respuesta es: vamos
a Monte Hermoso, después a San Antonio,
hacemos la costa, y tenemos
una oferta imperdible: The best of siku, volumen cinco, que contiene
La casa del sol naciente, Imagine, Hotel California, Cuando los ángeles lloran,
y la versión de Chiquitita que acabamos de escuchar,
a sólo treinta pesos,

por ser usted.




Marcelo Díaz. Nació en 1965 en Bahía Blanca. Estudió Letras en la Universidad Nacional del Sur. Integró el grupo de Poetas Mateístas que realizaba murales en las calles de Bahía y editaba la revista mural CUERNOPANZA. Fue editor y redactor de la revista objeto VOX y de VOXvirtual. Publicó "Berreta" (Libros de Tierra Firme,1998) ,"Diesel 6002" (Vox, 2001) y Laspada (El Calamar, 2004). Trabaja en “FerroWhite - museo taller” donde coordina el proyecto de teatro documental Archivo White, con la dirección de Vivi Tellas.


miércoles, 26 de abril de 2017

Brian Alvarez







Ajusticiado de palabra en su local de ropa, el propietario
a un lado del salón y de la corrección
política sin que le importen
consecuencias de destrato,
que no conoció por otra parte brinda por
no haber llegado tarde a la acumulación originaria.
Las chicas que reclaman otros talles
hacen fila para mirarlo mal.
Lleve ese azul. No espere.
No va a venir la blusa en beige.
El propietario
dice y en el mostrador frota la
caja como a cajón de velado:
con la gratitud y con la suficiencia
de quien prevalece.

**



Palabras como brazos de agua
como animales de agua
salvajes animales de agua, brazos 
de agua animales, bocas
abiertas como brazos abiertos 
listas para el abrazo contra el hambre
como animales de agua hambrientos,
las bocas, brazos
como tiburones
palabras
hambrientas como tiburones o brazos
dentados
o salvajes

pero qué sangre podría ofrecerle a algo así.

**



La hija del vecino es más viva que yo.
Antes del mediodía, ayer, me preguntó
qué era una mala decisión política y temblé.

Pasó la tarde. 

Por la puerta irrumpió
el ruido de la radio que adquirí
para mostrar los domingos
y levantando la voz le inventé: un cartel
de zona de vientos
contra un fondo de casas
prefabricadas
golpeadas por las primeras gotas de la lluvia.

**



Hay autos sobre la avenida, entre los árboles
y yo, que espero el ascensor de la estación del subte.

Hay autos.
No hay autos.
Hay. No tengo tiempo
para apreciaciones de genio,
pero sé que lo que miro es importante.

¿Será posible superar
la grandeza y el aburrimiento de las cosas que viven
sin más orgullo que el de prolongar la vida
como quien conserva una herramienta ancestral
cuyo uso desconoce?

No tengo tiempo para estas preguntas:
me basta la esencia
visible
de la superficie
que las invoca:
árboles,
autos,
árboles;
la acción de bajar;
los efectos de irse.





**



De duelo con mi papá hicimos
una sopa aguada
con arroz, apenas.
Nos quedamos cortos.
Para la próxima una taza más, me dijo.
Traté de salvar el sabor con queso.
Para la próxima el de rallar
me dijo
algo
dije también.
Como siempre
con nosotros
la televisión encendida.
No puedo ver la champions sin cantar
el himno en la memoria
pensé.
Afuera había llovido y los perros
despertaban de la siesta.

**



Los clientes espían
por el vidrio del congelador
los paquetes de animales descuartizados.
Sonríen como en las publicidades
tal vez movidos por el júbilo
de haber permanecido en pie.

Es el sentido de comunidad

Obtienen un poder de ahí
pero en el fondo sé que envidian
como otras veces yo
la lentitud de esa putrefacción que avanza.




Brian Alvarez nació en 1991. Creció en Gregorio de Laferrère, en el partido de La Matanza (provincia de Buenos Aires). Ahora vive en Once. Trabaja como repositor en una cadena de supermercados. Puede hacerse pasar por músico, pero es estudiante de Ciencias de la Comunicación en la UBA. Eso también le sale mal.

miércoles, 19 de abril de 2017

Griselda García



de Ahora (Ediciones Del Dock, 2016)

El dique


En las últimas vacaciones Papá
construyó un dique en el río.
Le llevó toda la mañana.
Cuando terminó, el sol
había bronceado su espalda.
El agua nos llegaba a los tobillos
nos metíamos en zapatillas
para que los pies no dolieran.

En ese mismo río esparcimos
sus cenizas pocos años después.

Mamá llevó flores y una botella de vino.
No había nadie ese día
solo un hombre acostado en la arena
que al ver la botella gritó de satisfacción.

A Papá le hubiera gustado, pensé
y entrando al agua rompí el dique.





Creer para ver


I

El primer día el cielo se oscureció
empezó a llover un agua tibia.
No enciendas la luz, dijiste
para qué si ya vimos todo.

Había amigos en la casa, los tomé de un trago.
Madres creadoras:
nunca imaginé tal ostentación de carne.

No fue difícil trepar a tu espalda
Lo difícil fue estar a la altura, no retroceder.

Siempre creer, decías, pero perdiste la fe.


II

Cuerpo mío
aprendiste del mar a caer y levantarte
fuiste llenado y vaciado por y para ellos
para hacerlos más hombres cada vez
con la insistencia del mar te ofreciste
te fustigaron en tus avatares
en cada fase de la luna y sus ciclos
cuerpo mío, te hicieron hablar
tus secretos parieron locos nuevos
no es sin riesgos la escucha.

Ante un cuerpo de hombre sólo siento gratitud.





El negro del mar


Una madrugada fui a la playa
me saqué la ropa y me metí al agua
empecé a nadar y nadar.
Me debo haber adormecido
no sé cuánto tiempo pasó.
Cuando reaccioné estaba muy lejos de la orilla
me había envuelto una corriente
sentía oleadas de agua más fría, más caliente.

Nunca le conté a nadie esto, no me creerían.

Comencé a percibir manchas negras
más negras que el negro del mar
se movían lento, venían hacia mí.
Era un grupo de ballenas jorobadas
en viaje migratorio hacia el sur.
Sentí terror y supe que iba a morir.
Imaginé que una abría la boca y me succionaba
en una muerte lenta como en los cuentos infantiles.

A su paso el mar se inflaba y me elevaba
al bajar, se hacía un hueco en mi estómago.
Paralizado, sin poder decidir, empecé a llorar.
La ballena es mi mamífero preferido.
De chico soñaba que me agarraba de su cola
y paseábamos y conocíamos mundos nuevos.
Pero entre bufidos y cantos extraños
pasaron a mi lado como si yo no estuviera ahí.
Se fueron alejando y el agua quedó en calma.
Cuando pienso que estuve entre ellas
siento que nunca viví algo más terrorífico.

Así son los sueños, llegan en forma inesperada.

Nunca le conté a nadie esto, no lo creerían
pero vos sí, ¿no?





La cura


En amor solo pienso si no estoy trabajando, dice.
Bajo el mosquitero de una cama en Tánger
sigo con la vista la ruta de las arañas.
Damos un paseo por los médanos.
El camello suaviza sus pasos.
Oímos tambores a lo lejos.

A veces las mujeres tienen que ser nuestras madres
dice, y nosotros sus padres.

Trato de olvidar a los tripulantes muertos
los crímenes del mar se juzgan en el mar.

Su madre eligió a la esposa. La esposa no sabe leer.
Es mejor así. Sin problemas, sin discusiones.

No me gusta estar en la casa, dice.
No me gusta hablar. Solo comer y dormir.
Quiero fumar con mis amigos y tirarme al sol.
No pensar que los días pasan muy rápido
y que la muerte se acerca. Quiero fumar y no pensar.

Bebemos té de menta y me convida kif.
Afuera las cabras bailan entre olivares.
El viento cambia la arena de lugar.

Mientras el agua borbotea en el narguile
pienso en mis compañeros en el mar.
Nunca oí el rumor del mar.
Quiero dormir y que el sueño me cure, dice.

Pero yo sé que no hay cura posible.
Bajo el mosquitero iluminado por la luna
me adormece el sueño, me dejo llevar.





Chúcaro


Al potro chúcaro lo acollaran al viejo
siempre hay un caballo templado
al que nada ni nadie asusta
se les pone un palo sobre la cruz
y se les anuda el cogote con tientos
al principio patea muerde llora vomita
pero después tiene que seguirle el paso al otro:
beberá cuando el otro tenga sed
comerá cuando agache la cabeza.
Pero de a poco se va aquietando
el manso aploma al rebelde.

La mitad de la carne que se vende
bajo el paralelo 42 es de caballo
dulce y negra va a parar al pobrerío.

El indio domaba de pico
con susurro y traguito de caña
caricia en cuello paleta verija
a los acollarados les cuesta
ponerse hocico con hocico
llevarse los vasos hacia el lomo.
Así fueron todas mis relaciones:
dos ariscos, dos chúcaros
no hubo quien aplome ni quien se dejara amansar.

La lección es clara y al final
esta carne dulce y negra irá a parar al pobrerío.



Griselda García (Buenos Aires, 1979) es escritora y editora. Publicó los siguientes libros: Alucinaciones en la alfalfa (2000), El arte de caer (2001), La ruta de las arañas (2005), El ojo del que mira (2009), Hallucinations in the Alfalfa and other poems (traductor: Hugh Hazelton, Wolsak y Wynn, Canadá, 2010) La madre del universo, (relatos, 2012), Mi pequeño acto privado (Barnacle, 2015) y Ahora (Ediciones Del Dock, 2016). Se desempeñó como editora en La carta de Oliver y Ediciones Del Dock. Se dedica al dictado de talleres de escritura creativa y al seguimiento de obras literarias en progreso.